Reservé una isla privada para salvar mi matrimonio… pero mi esposo llegó con su madre y su ex y me puso a servirles como si fuera su sirvienta.

Le pasé la carpeta por entre las rejas.
Las fotos cayeron al suelo: él y Valeria entrando a un hotel, saliendo de un restaurante, besándose en un estacionamiento. Luego los estados de cuenta. Luego la copia del intento de fraude contra mi empresa.
Don Ernesto bajó la mirada. Doña Graciela quedó muda por primera vez en cinco años.
—Tienes dos opciones —le dije a Rodrigo—. Firmas el divorcio sin pelear y devuelves hasta el último peso que desviaste, o mañana la denuncia entra por fraude, abuso de confianza y falsificación de documentos.
Rodrigo se arrodilló.
—Mariana, por favor… me equivoqué. Valeria no significa nada. Yo te amo.
En ese momento su celular sonó. La pantalla se iluminó con un mensaje de Valeria:
“Me enteré de que todo era de ella. No me busques. No voy a hundirme contigo.”
Rodrigo cerró los ojos como si acabaran de quitarle la última máscara.
Yo no sentí placer. Tampoco lástima.
Solo sentí silencio.