Pero no fue así.
Y lo peor estaba aún por llegar.
Las semanas siguientes fueron un colapso a cámara lenta.
Primero llegó la citación para la denuncia.
Luego, la notificación del procedimiento civil para recuperar la propiedad.
Mi madre pensó que bastaría con llamar a algunas tías y decirles que Mateo me estaba manipulando.
Que yo era "sensible por las hormonas" y que había exagerado una discusión doméstica.
No contaba con que Mateo se quedara con todo.
Le entregó a la abogada los mensajes de Daniela.
Los recibos del préstamo que habían salvado el apartamento.
Las facturas que aún pagábamos.
Y, sobre todo, una grabación del interfono del edificio.
No pude ver cómo me tiraban del pelo.
Pero oí perfectamente los gritos de mi madre.
La voz de mi padre diciéndoles que me sacaran de allí.
Y, finalmente, las palabras de Daniela cuando ya estaba afuera, en la calle.
El edificio también tenía una cámara en la entrada.
Se me podía ver marchando, encorvada, con la cesta en una mano y arrastrando la maleta.
Con esas pruebas, el caso dejó de parecer una disputa familiar.
Mi madre fue condenada por agresión menor y coacción.
Recibió una multa, una orden de alejamiento y antecedentes penales que le costaron una oferta de trabajo que había conseguido en una residencia de ancianos.
Mi padre fue declarado culpable de coacción como cómplice.
También se le ordenó ser solidario con el pago de algunos de los gastos médicos y legales.
Daniela no fue acusada penalmente.
Sin embargo, fue mencionada en el proceso civil como ocupante no autorizada.
Cuando se dio cuenta de que el apartamento no sería suyo.
Ni de mis padres.
Ni un refugio gratuito donde criar a su hijo.
Empezó a discutir con todo el mundo.
El padre de su bebé, que hasta entonces aparecía y desaparecía a su antojo, se negó a seguir financiando sus hoteles y alquileres temporales.
Por primera vez en su vida, Daniela se quedó sin una red de seguridad construida sobre el sacrificio de otra persona.
El juicio civil duró meses.
Pero el resultado fue tal como Mateo lo había predicho.
El juez reconoció que mis padres ocupaban la casa simplemente debido a la tolerancia de los propietarios.
Y que dicha tolerancia había llegado a su fin.
Ordenó el desalojo.
Y también fijó una cantidad por servicios impagos y daños y perjuicios.
Recuerdo el día exacto en que fueron a recoger las últimas cajas.
Mi madre no me miró.
Mi padre sí.
Pero con una mezcla de resentimiento y vergüenza que ya no me dolía.
Daniela abrazó a su hijo y evitó pasar junto a Mateo.
Nadie gritó.
Nadie pidió disculpas.