Al día siguiente de mi cesárea, mis propios padres me echaron de casa para darle mi habitación a mi hermana y a su recién nacido. Apenas podía mantenerme en pie y le rogué a mi madre que me dejara descansar.
Me agarró del pelo.
Y me gritó que dejara de quejarme y me fuera. Mientras tanto, mi padre apartó la mirada con desdén, y mi hermana sonrió, diciendo que por fin tendría la habitación para ella sola…
Hasta que llegó mi marido.
Y todo cambió.
……
Me llamo Lucía Hernández. Tengo treinta y un años. Y me echaron de mi casa veinticuatro horas después de una cesárea.
No desde mi apartamento.
Sino desde el apartamento de mis padres en Ecatepec, donde me estaba recuperando porque en el apartamento que compartía con mi esposo, Mateo García, todavía estaban arreglando una fuga de agua que había dejado la habitación patas arriba.
Mateo había ido a la farmacia a comprar antibióticos, gasas y las toallas posparto que me había enviado el hospital.
Estaba en mi antigua habitación, con mi hija Valeria dormida en la cuna, moviéndome lentamente porque cada paso me apretaba los puntos de sutura.
Entonces sonó el teléfono móvil de mi madre, Carmen. Y en cuanto colgó, entró en la habitación con esa expresión severa que siempre ponía cuando se trataba de mi hermana.
—Tu hermana viene esta tarde con el bebé —dijo—.
Ella necesita esta habitación más que tú.