Las paredes querían aplastar a Ofelia. “¿Quién?”, exigió saber. Arturo bajó la cabeza y soltó 1 nombre que cayó como 1 bloque de cemento: “Doña Consuelo Rivas”.
La pinche suegra. La madre de Efraín. La anciana santurrona que durante 40 años le tomó la mano en misa diciéndole: “Resignación, Ofelita, son pruebas de mi padre Dios”.
Ofelia se vistió a lo loco. Se puso la blusa al revés y los zapatos a medias. Parecía 1 leona a la que le acababan de quitar las cadenas. “Llévame con esa perra”, ordenó.
Manejaron hasta la iglesia de San José en silencio. Era domingo. Puebla ya estaba despierta, oliendo a tamales y humo de combis. Llegaron justo cuando las señoras de sociedad entraban con sus rebozos finos.
Ahí estaba Doña Consuelo, a sus 90 años, parada como 1 reina, apoyada en 1 bastón de plata. A su lado iba Marcela, la hija de Ofelia. Ofelia se bajó del carro hecha 1 furia, con el labial corrido y la mirada asesina.
Marcela la vio y se asustó. “¡Mamá! ¿Qué te pasó? ¿Vienes borracha?”. Ofelia ni la peló. Se plantó frente a su suegra. Consuelo la miró y, con su colmillo retorcido, supo de inmediato que el teatrito se había caído.
“Hija, estás pálida”, dijo la vieja cínica con voz de ángel. Ofelia le soltó 1 cachetada tan fuerte que el sonido hizo eco en todo el atrio. Las señoras pegaron 1 grito. Marcela agarró a su madre: “¡Estás loca, qué chingaderas haces!”.
“¿Dónde está mi hijo, maldita asesina?”, rugió Ofelia. Consuelo no derramó 1 lágrima. Se acomodó el cabello y escupió su veneno: “No hagas escándalos de vecindad en la casa de Dios”. Ofelia se le acercó a milímetros: “Dios no vive en la misma casa que usted”.