“Si tanto te duele, recuerda algo: tú ni siquiera eres de esta familia.”
Mi madrastra lo dijo sonriendo, con la copa de vino en la mano, como si acabara de contar un chiste elegante frente a la mesa llena. Yo también levanté mi copa y le respondí sin temblar:
“Perfecto. Entonces no vuelvas a pedirme dinero.”

La sonrisa de Verónica se deshizo al instante. Mi papá, Rogelio, se quedó mirándonos como si alguien hubiera tirado la mesa encima de él.
A nuestro alrededor, los primos, los tíos y hasta la prometida de mi hermanastro dejaron de mover los cubiertos. El mole ya no olía igual. La cena de cumpleaños de mi padre, en su casa de San Miguel de Allende, se había convertido en otra cosa.
Se suponía que era una noche especial. Mi papá cumplía sesenta y cinco años y Mauricio, el hijo de Verónica, había anunciado entre brindis que se casaría en noviembre con Ximena.
Todos aplaudieron. Verónica, ya envalentonada por el vino y por la atención de la familia, sacó una carpeta beige y anunció que ella y mi papá pensaban poner a nombre de Mauricio la casa de descanso de Valle de Bravo “para asegurar el patrimonio de la siguiente generación”.
Todos celebraron la idea.
Todos menos yo.