—Llegaste tarde —fue lo único que dijo la niña de 7 años, con 1 resentimiento que le partió el alma a Alejandro.
No había tiempo para palabras. Alejandro levantó a Camila en sus brazos como si no pesara nada. Sus hombres ya habían bloqueado el tráfico de 3 avenidas principales para asegurar el trayecto rápido al hospital privado más exclusivo y costoso de la ciudad. Durante el trayecto de 15 minutos en la camioneta, Valeria se aferró a la pierna del hombre que no conocía, buscando protección. Luz se mantuvo en la esquina, observándolo, juzgando cada uno de sus movimientos.
Al llegar a Urgencias, el caos estalló. Alejandro pateó la puerta doble y gritó con 1 voz que hizo temblar hasta las paredes:
—¡Quiero a los 5 mejores especialistas de este maldito lugar ahora mismo, o les juro que quemaré este hospital hasta los cimientos!
En menos de 2 minutos, Camila estaba en una camilla, rodeada de 1 equipo médico completo. Las puertas de la sala de urgencias se cerraron, dejando a Alejandro y a las 2 niñas en 1 lujosa y tensa sala de espera. Sus hombres montaron guardia en cada entrada, salida y pasillo. Nadie entraba y nadie salía sin la autorización del Patrón.
Las horas se arrastraron como vidrios rotos. Alejandro mandó a pedir comida, mantas y juguetes, intentando comprar la comodidad que no les había dado en 7 años. Valeria comió con hambre atrasada, pero Luz ni siquiera tocó el plato.
—¿Por qué nos abandonaste? —preguntó Luz de repente. La pregunta fue 1 disparo directo al pecho.
—Yo no las abandoné —respondió Alejandro, agachándose a la altura de su hija, con la voz quebrada—. Yo no sabía que ustedes existían. Su madre huyó sin decir 1 sola palabra. La busqué por 3 años hasta que me dijeron que había muerto.
Luz entrecerró los ojos, evaluando si el monstruo frente a ella decía la verdad.
—Ella nos dijo que había 1 lobo malo que quería lastimarnos. Que por eso teníamos que escondernos.
Antes de que Alejandro pudiera procesar esa revelación, las pesadas puertas de Urgencias se abrieron. El cirujano en jefe, sudando frío ante la mirada amenazante de los sicarios, se acercó temblando.
—Señor… logramos estabilizar el trauma craneal. La herida requirió 18 puntos, pero no hay daño cerebral severo. Sin embargo… —El médico tragó saliva—. En los estudios descubrimos que la señora Ríos presenta 1 cuadro de desnutrición severa, anemia grado 3 y 1 tumor ovárico masivo que se rompió por el golpe. Hay 1 hemorragia interna crítica. Necesitamos operar ya.
—¡Pues hazlo, maldita sea! —bramó Alejandro.
—Las probabilidades de que su corazón soporte la anestesia general en ese estado de debilidad son de apenas 30 por ciento. Necesito su firma para deslindar responsabilidades.
Alejandro arrebató el papel y firmó con fuerza, rompiendo la hoja.
—Si ella no sale viva de ese quirófano, tú tampoco saldrás de este hospital. Tráeme a los cirujanos que necesites. Pago lo que sea. Trae equipo en helicóptero si es necesario. Pero sálvala.
Mientras Camila entraba al quirófano para enfrentar 1 batalla entre la vida y la muerte, el teléfono encriptado de Alejandro sonó. Era su lugarteniente.
—Patrón, tenemos un problema grave. Alguien filtró nuestra ubicación. Ramiro Vega y 20 de sus pistoleros acaban de entrar por el estacionamiento subterráneo. Vienen armados hasta los dientes. Dicen que vienen a terminar el trabajo que dejaron pendiente hace 7 años.
El nombre detonó 1 bomba en la cabeza de Alejandro. Ramiro Vega. Su propio tío. El hombre que había intentado arrebatarle el liderazgo del cártel años atrás, el mismo que misteriosamente había ganado poder justo después de que Camila desapareciera. Todo cobró un sentido macabro y repulsivo en ese maldito segundo. El “lobo malo” que había mencionado su hija.
—Protejan a las niñas. Metan a las 2 a la oficina del director y bloqueen la puerta. Si 1 sola bala cruza ese umbral, los mato yo mismo —ordenó Alejandro, sacando su arma del saco de diseñador.
El conflicto en la sala principal del hospital estalló con 1 intensidad sofocante. Los hombres de Ramiro avanzaron por los pasillos inmaculados, pero se toparon de frente con Alejandro y 1 muro de 15 sicarios apuntando directo a sus cabezas. El aire olía a pólvora inminente y a muerte.
Ramiro, 1 hombre canoso con 1 cicatriz en el cuello, sonrió con sorna.
—Vaya, sobrino. Parece que encontraste a tu basurita y a tus pequeñas bastardas. Te dije hace 7 años que los sentimientos son 1 debilidad en nuestro negocio.
La rabia cegó a Alejandro.
—Tú la obligaste a huir. Tú le hiciste creer que yo la quería muerta.
Ramiro soltó 1 carcajada áspera.
—Le enseñé un par de fotografías muy gráficas de lo que le pasaba a las mujeres de los jefes. Le dije que tú habías dado la orden de desaparecerla a ella y al embarazo para no tener puntos débiles frente al cártel rival. Y la muy estúpida se lo creyó. Huyó como 1 rata asustada a vivir en la miseria absoluta. Fue el plan perfecto para quebrarte. Lástima que la maldita sobreviviera tanto tiempo. Hoy voy a corregir ese error.
Alejandro no esperó 1 segundo más. En un movimiento brutal y calculado, avanzó ignorando las armas que le apuntaban, tomó a su tío por el cuello de la camisa y le incrustó el cañón de su pistola directamente en la boca, estrellando su cabeza contra la pared de mármol. Sus hombres amartillaron sus armas al unísono, superando tácticamente a los sicarios de Ramiro, que bajaron sus fusiles al ver a su jefe sometido.
—Escúchame bien, maldita escoria —susurró Alejandro con 1 voz más fría que la muerte misma—. No te voy a matar aquí porque este es el lugar donde la madre de mis hijas está luchando por su vida. Pero te juro por la sangre de mis 2 gemelas que hoy pierdes absolutamente todo. Tu plaza, tu dinero, tu nombre. A partir de este momento, estás muerto en vida.