Hace unos meses él había empezado a dormir siempre en el mismo lado de la cama, evitando que yo tocara su espalda cuando nos acostábamos.
También recordé que cada vez que regresaba de sus “viajes de trabajo”, parecía cansado y más delgado.
Quizá no todos esos viajes eran realmente por trabajo.
Quizá algunos eran para ir al hospital.
Las lágrimas empezaron a caer sin que pudiera detenerlas.
No eran lágrimas de miedo.
Eran de culpa.
En ese momento escuché el sonido de un coche detenerse frente a la casa.
Mi corazón dio un salto.
Miré por la ventana del dormitorio.
El coche de Alejandro estaba estacionando frente a la puerta.
La puerta principal se abrió unos segundos después.
— ¿Lucía? — escuché su voz desde la sala.
Mis manos estaban llenas de polvo del colchón y vendas viejas.
No tuve tiempo de esconder nada.
Alejandro apareció en la puerta del dormitorio… y se quedó completamente inmóvil al ver el colchón abierto en el suelo.
Sus ojos se llenaron de sorpresa.
Luego de miedo.
— Lucía… yo… — comenzó a decir.
Pero no pudo terminar.
Caminé hacia él lentamente, todavía con la carpeta médica en las manos.
— ¿Por qué no me lo dijiste? — pregunté en voz baja.
Alejandro bajó la mirada.
Durante unos segundos no dijo nada.
Luego suspiró profundamente.
— Porque no quería que te preocuparas — respondió con una voz cansada —. Los médicos dijeron que el tratamiento sería largo… pero que iba a mejorar.
Lo miré fijamente.
— ¿Y pensaste que esconder vendas dentro del colchón era una buena idea?
Alejandro soltó una pequeña risa nerviosa.
— No sabía dónde guardarlas sin que las vieras.
El silencio llenó la habitación por unos segundos.
Entonces di un paso más hacia él.
— Alejandro… estamos casados — dije suavemente —. Ocho años.
Él levantó la mirada, y pude ver algo que rara vez mostraba.
Vulnerabilidad.
— No quería que me vieras débil — confesó.
Sentí que el corazón se me apretaba.
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Dejé la carpeta sobre la mesa y lo abracé.
Al principio su cuerpo se quedó rígido, como si no esperara ese gesto.
Pero unos segundos después me abrazó también.
— No tienes que ser fuerte todo el tiempo — murmuré —. Para eso estamos juntos.
Alejandro apoyó la frente sobre mi hombro.
— Pensé que te asustarías.
— Me asusté — admití —. Pero no por lo que imaginabas.
Nos quedamos así unos segundos.
Luego me aparté un poco y lo miré con una pequeña sonrisa.
— Primero vamos a tirar este colchón.
Alejandro soltó una risa real esta vez.
— Creo que es una buena idea.
— Y después — continué — vamos a ir al hospital juntos para que el médico me explique todo.
— ¿Juntos?
— Sí. Porque si algo pasa… lo enfrentamos los dos.
Esa noche, por primera vez en meses, el aire de la casa se sintió diferente.
Abrimos las ventanas.
Sacamos el colchón viejo al patio.
El viento cálido de Guadalajara entró en la habitación, llevándose poco a poco aquel olor que tanto me había atormentado.
Y mientras estábamos sentados juntos en el borde de la cama vacía, Alejandro tomó mi mano.
— Gracias por no rendirte conmigo — dijo en voz baja.
Apreté su mano con suavidad.
— El matrimonio no se trata de no tener problemas — respondí —. Se trata de no enfrentarlos solos.
Y en ese momento entendí algo.
A veces, lo que parece un misterio aterrador…
solo es el dolor de alguien que ama demasiado como para pedir ayuda.
Y aquella noche en Guadalajara, en medio de una habitación sin colchón y con las ventanas abiertas, nuestro matrimonio no terminó.
En realidad…
acababa de empezar de nuevo.