La orquesta se despidió de nuestro primer baile como si guardara algo frágil en su estuche. La última nota duró un instante, para luego disolverse en aplausos que resonaron por todo el salón.
La mano de James aún estaba tibia en mi espalda. Mis dedos se posaron suavemente sobre su hombro; la tela de su traje, suave al tacto, me resultaba tan familiar como extraña. Las luces sobre nosotros brillaban con un suave tono ámbar, halagando a todos y disimulando cualquier imperfección. Las arañas de cristal dispersaban esa luz en mil destellos delicados, como si la habitación misma quisiera hacernos creer que estábamos en un sueño.
A través de los ventanales que iban del suelo al techo, la ciudad se veía lujosa y distante. Los faros de la autopista formaban hilos brillantes que se abrían paso entre la oscuridad. El río reflejaba el neón y lo dejaba ondular, suelto e inquieto. El horizonte se alzaba nítido contra la noche invernal, todo contornos y certeza.
Continua en la siguiente pagina