Un hombre encontró una perra pastora preñada en la calle: cuando dio a luz, el veterinario se dio cuenta con horror de que no eran cachorros, sino algo más.
Esa tarde, caía una fría lluvia otoñal. El hombre regresaba a casa cuando oyó un gemido lastimero en la acera. Bajo una farola, en la hierba mojada, yacía una perra pastora alemana: delgada, herida, con el pelo sucio pegado al cuerpo.
Se sentó junto a ella y extendió la mano con cuidado. La perra temblaba, pero no se quejó, solo sollozaba suavemente, como pidiendo ayuda.
“Ten paciencia, niña”, susurró. “Te llevaré al médico ahora mismo”.
En la clínica veterinaria, mientras los médicos examinaban a la perra, uno de ellos frunció el ceño:
“No solo está herida… está embarazada”.
“¿Qué?…” El hombre se quedó paralizado.
“Ya falta poco para el parto. Si no da a luz hoy, podría morir”. Esperó hasta la mañana. Tras el cristal de la caja de partos, los veterinarios estaban ocupados, y él, sentado en una silla de plástico, escuchaba cómo volvía a llover afuera.
Al amanecer, se oyó un chillido: la perra había parido. Los médicos exhalaron, pero casi de inmediato se miraron.
“Mírenlos, no son cachorros”, susurró uno de los asistentes.
Los veterinarios se horrorizaron al darse cuenta de la clase de criatura que la perra había parido. Continúa en el primer comentario.
Los cachorros eran extraños: demasiado grandes para ser recién nacidos, con hocicos alargados y ojos de color ámbar. Sus aullidos no sonaban como chillidos de cachorro, sino más bien como un aullido bajo y ronco.
“Estos no son perros de raza”, dijo el veterinario, agachándose junto a la niña. “Lo más probable, papá… es un lobo”.
El hombre levantó la vista.
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