Siempre tenía una excusa.
—Estoy ocupada…
—Tengo trabajo…
—Hay tráfico…
—Estoy cansada…
Pero mientras ella se alejaba cada vez más…
Camila se quedaba.
Siempre.
Alejandro empezó a hacer llamadas.
Primero llamó a Valeria.
—Necesito que vengas —le dijo.
—¿Para qué? —respondió ella, con tono distraído.
—Quiero que seas tú quien me cuide.
Hubo un silencio incómodo.
—Alejandro… —dijo ella finalmente—. No puedo… Tengo muchas responsabilidades ahora. Camila lo está haciendo bien, ¿no?
Alejandro cerró los ojos.
—Sí… lo está haciendo muy bien.
Y colgó.
Sin insistir.
Sin discutir.
Porque ya no era necesario.
Esa misma noche, Alejandro tomó una decisión.
Una decisión que cambiaría todo.
Días después, Alejandro pidió a su madre que organizara una visita formal a la casa de Valeria.
Quería cerrar el capítulo.
De una vez por todas.
Cuando llegó a la casa, Valeria fingió sorpresa.
—¡Alejandro! No sabía que vendrías…
Pero su voz no tenía emoción.
No tenía amor.
Solo incomodidad.
Alejandro habló con calma:
—He venido a decirle a tu familia que quiero continuar con los planes de boda.
El padre de Valeria sonrió.
Pero Valeria palideció.
—No… —dijo ella—. No puedo hacer esto.
El silencio llenó la habitación.
—No puedo casarme contigo —añadió.
Alejandro asintió lentamente.
—Entiendo.
Y sin decir más…
Se fue.
Esa noche, Alejandro regresó a su casa… y se quitó las vendas.
Por completo.
Frente a Camila.
Ella se quedó congelada.
—¿Señor… Alejandro?
Él la miró directamente a los ojos.
—Nunca estuve ciego.
Camila dio un paso atrás, sorprendida.