Después de la repentina pérdida de su joven hija Ava por meningitis, Grace pasó tres años atrapada en un estado de paralización; su trauma se manifestaba como una “pared vacía” en su memoria, donde debería haber quedado un último adiós. Para escapar de los recuerdos asfixiantes de su dolor, Grace y su esposo John se mudaron con la gemela sobreviviente, Lily, a una nueva ciudad en busca de un nuevo comienzo. Pero la frágil paz que habían construido se quebró el primer día de escuela de Lily, cuando una maestra felicitó a Grace por lo bien que “ambas” hijas se estaban adaptando. Ese comentario casual llevó a Grace a un aula donde vio a Bella, una niña que era el reflejo literal de la hija que había enterrado años atrás.
Ver a Bella provocó en Grace un colapso físico, convencida de que el niño era en realidad Ava. A pesar de la insistencia calmada de John, explicando que los recuerdos de la funeral de Ava podían estar distorsionados por los medicamentos y el trauma, Grace no podía reconciliar las “extrañas” similitudes físicas entre Bella y Lily con la realidad. La situación obligó a un enfrentamiento delicado con los padres de Bella, Daniel y Susan, quienes reaccionaron con comprensión, aunque a la defensiva, ante la historia de pérdida de Grace. Para poner fin a la confusión y evitar que Grace cayera en un estado de “desintegración emocional”, John y los padres de Bella acordaron realizar un test de ADN definitivo, para obtener la conclusión que la lógica por sí sola no podía ofrecer.
