Era un gélido día de invierno y la superficie del lago en las montañas estaba cubierta por una delgada capa de hielo. Mientras una mujer mayor recogía leña, vio un enorme lobo luchando desesperadamente donde el hielo se había quebrado. Sus patas resbalaban, y con cada movimiento se hundía un poco más en las frías aguas. Sin importarle que se tratara de un animal salvaje, la mujer se tendió sobre la nieve y extendió hacia él una larga rama. A pesar del crujido del hielo, no se rindió y, colgándose con toda su fuerza, logró sacar al agotado lobo del agua.

El lobo, empapado y temblando, yacía sobre el hielo jadeando; una de sus patas traseras parecía rota. La mujer se preparó para retroceder asustada, cuando un movimiento emergió desde la profundidad del bosque. De repente, entre los árboles aparecieron diez pares de ojos brillantes. Era la manada del lobo. Habían sentido la presencia de un humano y se acercaban rápidamente. La anciana comprendió que no tenía escape y se quedó paralizada por el miedo.