Compré la casa de la playa con la herencia de mi marido, pensando que por fin tendría algo de paz. Entonces sonó el teléfono. «Mamá, este verano venimos todos… pero puedes quedarte en la habitación de atrás», dijo mi hijo. Sonreí y respondí: «Claro, os estaré esperando». Cuando abrieron la puerta y vieron lo que le había hecho a la casa… supe que nadie volvería a mirarme igual.
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Compré la casa de la playa en Cádiz seis meses después de que mi marido, Javier, falleciera repentinamente de un infarto. No fue una decisión impulsiva; vendí el piso grande que ya no necesitaba y usé parte de su herencia para empezar de cero en un lugar más tranquilo. Siempre habíamos soñado con despertarnos con el sonido del mar, pero al final, fui yo sola quien cruzó aquella puerta blanca que olía a sal y madera húmeda.
Hasta que sonó el teléfono.
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«Mamá, qué bien que ya estéis todos instalados», dijo mi hijo Álvaro con ese tono apresurado que usa cuando ya ha tomado una decisión. «Mira, hemos estado pensando que este verano nos iremos todos a la casa. Laura, los niños… y sus padres también. Como es grande, tiene sentido».
Me quedé callada unos segundos, mirando el mar por la ventana.
—Claro… —respondí finalmente.
—Genial. Ah, y para que estemos más cómodos, puedes usar la habitación pequeña de atrás. La suite principal es mejor para nosotros con los niños, ¿sabes?
—Ya sabes. —Como si fuera lo más lógico del mundo.
Tragué saliva y sonreí, aunque él no pudiera verme.
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