Sí, hijo mío. No te preocupes. Yo me encargo de prepararlo todo.
Colgué el teléfono y me quedé inmóvil en medio de la sala. Miré las paredes recién pintadas, las cortinas que yo misma había cosido, el dormitorio principal donde por fin había dormido sin llorar. Algo dentro de mí se endureció, como el yeso una vez seco e inamovible.
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