PARTE 1
Eusebio Luján tenía 68 años y las manos agrietadas por 5 décadas de sembrar maíz bajo el sol implacable de Michoacán. En su pueblo todos lo respetaban y lo conocían como “el viejo del manantial”.
Sus 3 hijos salieron huyendo hacia la vida rápida de la CDMX apenas terminaron la prepa. Eusebio nunca se quejó de su abandono. Trabajó de sol a sol por ellos.
Vendió 10 de sus mejores vacas para pagarle la universidad de derecho a Rogelio. Hipotecó sus preciadas milpas para dar el enganche del departamento de Verónica. Y gastó sus ahorros médicos para ponerle un restaurante hipster en la Roma a Iván.
Cuando su esposa murió, los 3 hijos regresaron al pueblo con prisa, mirando el reloj. “Cualquier cosa nos echas un grito, apá”, le dijeron antes de subirse a sus autos del año. Pero nunca llamaron, salvo para pedirle dinero prestado. Un dinero que jamás regresó en 15 años.
La vida de Eusebio dio un giro radical cuando un consorcio hotelero descubrió un enorme yacimiento de agua cristalina debajo de sus tierras. Le ofrecieron 200 millones de pesos. Eusebio aceptó y firmó los papeles sin dudarlo.
Cuando tuvo los documentos en la mano, pensó que al llegar con tanto dinero sus hijos por fin lo mirarían con respeto. Pero sintió mucha vergüenza de tener que comprar su cariño, así que decidió hacerles una última prueba.
Metió los contratos millonarios en 1 bolsa de mandado de plástico, escondió su tarjeta bancaria nueva en su sombrero sudado, se puso sus huaraches llenos de lodo y tomó un camión de segunda hacia la Central del Norte. Quería llegar como el viejo ranchero de siempre.