—Porque tú estabas trabajando mucho. Porque no quería que pelearas con tu mamá. Porque pensé que podía aguantar.
Esa frase me destrozó.
“Pensé que podía aguantar.”
¿Cuántas mujeres se habían destruido en silencio por esa misma idea?
En ese momento, mi madre apareció en la puerta.
—Ay, ya empezó con sus lágrimas —dijo con desprecio—. Te lo dije, hijo. Esa mujer te va a manipular.
Me puse de pie lentamente.
No grité.
No insulté.
Pero cuando hablé, mi voz salió tan fría que hasta mi madre se quedó quieta.
—Haz una maleta para Marisol. Ahora.
—¿Qué dijiste?
—Que vamos a salir de esta casa.
Doña Carmen soltó una risa seca.
—¿Y a dónde vas a ir con tu sueldo miserable? ¿A dormir bajo un puente en Ciudad de México? No seas ridículo. Aquí tienen techo.
Miré alrededor: las paredes manchadas, el colchón viejo, el vaso de agua, la mujer que yo amaba temblando de fiebre y mi hijo llorando de hambre.
—Esto no es techo —dije—. Esto es una cárcel.
Mi madre palideció.
—Soy tu madre.
—Y ella es mi esposa. Él es mi hijo. Y desde hoy, ellos son mi prioridad.
Me incliné, envolví al bebé con una cobija limpia que había llevado en la mochila y ayudé a Marisol a sentarse. Apenas pudo sostenerse. Su cuerpo estaba tan débil que tuve que cargarla entre mis brazos.
Doña Carmen empezó a gritar detrás de mí.
—¡Malagradecido! ¡Te vas a arrepentir! ¡Esa mujer te va a dejar en la calle!
Pero ya no escuché.
Salí de aquella casa con mi esposa en brazos, mi hijo pegado al pecho de ella y una sola certeza en el corazón: si me quedaba un minuto más, jamás podría perdonarme.
Tomé un taxi hasta el centro de salud más cercano. El médico que la revisó frunció el ceño apenas vio su estado.
—Tiene fiebre alta, deshidratación y signos de infección —dijo con seriedad—. ¿Por qué no la trajeron antes?
No pude responder.
Marisol bajó la mirada.
Yo solo le tomé la mano.
—Perdóname —susurré—. Debí verte antes. Debí darme cuenta.
Ella apretó mis dedos con la poca fuerza que tenía.
—Llegaste a tiempo.