Ahora me debes 35,000. ¿Qué? ¿Cómo? Intereses. Rodrigo, no leíste el contrato que firmaste. 20% mensual es el precio de hacer negocios conmigo. Sentí que el piso se abría bajo mis pies, todo ese trabajo, todo ese sufrimiento y todavía debía más de lo que había empezado. Yo no sabía. Ahora sabes, tienes dos opciones. Me pagas los 35,000 en una semana o hizo un gesto casual hacia mis manos. Empezamos a cobrar de otras maneras. Los tipos detrás de él se rieron.
Don Nacho dio un paso adelante. Oye, bigotes, el muchacho está trabajando honestamente. Dale más tiempo. ¿Quién te habló a ti, viejo? Si sigues metiéndote, tú también vas a deber. El bigote se escupió en el suelo. Una semana, Rodrigo, ni un día más. Se fueron. Yo me dejé caer entre los últimos sacos de papas derrotado. Irina, que había presenciado todo desde su puesto de flores, había empezado a vender flores junto al mío. Se acercó. Rodrigo, esto es grave.
Ese hombre es peligroso. Ya lo sé. Yo podría podría hablar con mi hermana, obligarla a regresar el dinero. Tu hermana ya gastó ese dinero y aunque no lo hubiera gastado, no vendría. Conozco a las personas como ella, solo se preocupan por sí mismas. Irina se quedó callada un momento, luego dijo algo que cambió todo. Hay otra forma. Boris necesita un socio para un nuevo restaurante. Alguien que conozca proveedores, que hable español bien, que sea honesto. Te va a pagar un buen sueldo inicial, tal vez suficiente para un trabajo de verdad.
La esperanza era peligrosa, pero ahí estaba. Sí, pero tienes que ir a hablar con él mañana y tienes que dudó. Tienes que divorciarte de mi hermana primero. Boris es tradicional, no contrata hombres casados para trabajar cerca de su hija. Ahí estaba otra vez la palabra mágica, divorcio. El problema era que divorciarme de esbedlana significaba encontrarla primero y algo me decía que encontrar a Esbedlana iba a ser tan peligroso como huir de ella. ¿Sabes exactamente dónde está en Puebla?
pregunté. Irina asintió lentamente. “Sí, puedo llevarte.” Don Nacho negó con la cabeza. Chamaco, esto huele mal. Muy mal. Pero, ¿qué opción tenía? El bigotes iba a volver en una semana, necesitaba ese trabajo y necesitaba ese divorcio. “Está bien”, le dije a Irina. “mañana vamos a Puebla”. Ella sonrió, pero había algo en sus ojos que no pude descifrar, algo que me recordó demasiado a su hermana. Esa noche, mientras intentaba dormir entre las últimas papas, escuché a don Nacho murmurando sus oraciones y al final lo escuché agregar algo que no estaba en ningún rosario.
Dios mío, protege a este muchacho tonto porque está a punto de meterse en algo mucho peor que papas podridas. El autobús a Puebla salió a las 6 de la mañana. Irina había insistido en pagar los boletos, lo cual me hizo sentir todavía más inútil de lo que ya me sentía. Yo llevaba puesta mi única camisa decente, la misma que había usado para casarme, ahora con manchas de papa que ningún detergente pudo quitar. Irina llevaba un vestido sencillo y una bolsa grande que parecía demasiado pesada para su tamaño.
¿Qué llevas ahí? Le pregunté cuando subimos al autobús. Cosas, respondió evitando mi mirada. Por si acaso. No me gustó ese. Por si acaso. Pero ya estábamos en movimiento. El viaje duró 3 horas. Irina durmió la mayor parte del camino o fingió dormir. Yo miré por la ventana pensando en todas las decisiones estúpidas que me habían llevado a este momento. Mi madre siempre decía que yo era demasiado confiado, que veía lo bueno en las personas cuando debería estar viendo las trampas.
Tenía razón como siempre. Llegamos a Puebla cerca de las 9. La ciudad era bonita, más limpia que la capital, con edificios coloniales y un zócalo enorme. Pero yo no estaba ahí para hacer turismo. La panadería está en el centro, dijo Irina caminando con paso rápido. Se llama Panelo. Mi hermana se casó con el dueño hace dos semanas, un viudo con tres hijos. “Pobre hombre”, murmuré. Sí, pero él todavía no lo sabe. Encontramos la panadería en una esquina pintada de amarillo y azul.
El olor a pan dulce llenaba la calle. Era el tipo de lugar que parecía sacado de una postal con su vitrina llena de conchas, cuernitos y orejas brillantes de azúcar. Un letrero en la puerta decía bajo nueva administración. Ahí está, dijo Irina señalando a través del vidrio. Y ahí estaba ella, Sbetlana, mi esposa, detrás del mostrador, sonriendo a los clientes, usando un delantal blanco y con el cabello recogido, exactamente como cuando la conocí, como si nada hubiera pasado, como si no hubiera arruinado mi vida.
Algo hirvió dentro de mí. No era solo coraje, era humillación, dolor y esa rabia especial que sientes cuando alguien te trata como si fueras un objeto descartable. Entré a la panadería como huracán. Sbetlana, ella se volteó. Por un segundo vi sorpresa en su rostro. Después esa sonrisa, esa sonrisa que me había enamorado y destruido. Rodrigo, mi amor, ¿qué haces aquí? Tu amor, casi grité. Los clientes se quedaron paralizados con sus bolillos a medio elegir. Me dejaste con 10 toneladas de papas podridas y una deuda de 30,000 pesos.
Ay, Rodrigo, no seas dramático. Eran buenos negocios, solo necesitaba ser más listo. Hablaba como si estuviera explicándole matemáticas a un niño. Además, ya pasó. Ahora estoy aquí empezando de nuevo. Empezando de nuevo, repetí incrédulo con otro esposo. Un hombre salió de la cocina. Era gordo de unos 40 años con un bigote cubierto de harina y cara de buena persona. El tipo de hombre que probablemente daba pan gratis a los niños pobres. ¿Qué pasa, mi amor? Le preguntó a Sbetlana.
Después me miró. ¿Quién es este joven? Svetlana no perdió el ritmo. Es mi primo de México. Rodrigo, saluda a mi esposo, don Esteban. No soy tu primo, soy tu esposo dije sacando mi acta de matrimonio del bolsillo. La traía doblada y sudada, pero ahí estaba, legal y oficial. Nos casamos hace mes y medio. Don Esteban miró el papel, después miró a Esbetlana, después me miró a mí. Su cara pasó por varias emociones, confusión, negación, comprensión y, finalmente horror.
Svetlana, ¿qué es esto? Es un error, mi amor, un malentendido. Este muchacho está confundido. Yo nunca. Hay un sello oficial, dijo don Esteban, su voz temblando. Fecha del mes pasado. Sbetlana Ivanova Volkov y Rodrigo Abundio Mendoza Flores. Los clientes empezaron a murmurar. Una señora se santiguó, otra salió corriendo, probablemente a esparcir el chisme por todo el barrio. Irina entró finalmente a la panadería cargando su bolsa pesada. Hermana, ya es suficiente. Irina, tú también. Sbetlana perdió por primera vez su compostura.
Traidora, te dije que no te metieras en mis asuntos. Tus asuntos están arruinando vidas. Irina abrió su bolsa y sacó una carpeta llena de papeles. Tengo pruebas de otros tres matrimonios. Uno en Guadalajara, otro en Monterrey y otro en Veracruz. Todos en los últimos dos años. Todos terminaron con los hombres endeudados. Don Esteban se dejó caer en una silla. Dios mío, me casé con una estafadora. Estafadora es una palabra muy fea”, dijo Esbetlana recuperando algo de su encanto.
“Yo soy una mujer de negocios. Estos hombres invirtieron en oportunidades. Si fracasaron, es su culpa, no mía. Me dejaste con papas podridas.” Grité otra vez, porque aparentemente esa era mi única línea. Las papas estaban perfectamente vendibles si hubiera sido más inteligente. Sbetlana se cruzó de brazos. Mira, Rodrigo, viniste hasta acá. Muy bien. ¿Qué quieres? Disculpas, no las vas a tener. Dinero, no lo tengo. Divorcio, eso podemos arreglarlo, pero va a costar. Costar me estaba volviendo loco. Tú me debes a mí.
Técnicamente el dinero era de los proveedores, no mío. Yo solo fui intermediaria. Se encogió de hombros. Pero está bien, hagamos un trato. Yo firmo el divorcio si tú pagas los gastos legales. No tengo 1500 pesos. Por tu culpa no tengo nada. Irina puso una mano en mi hombro. Yo tengo el dinero, lo pagaré. ¿Por qué harías eso?, preguntó Esbetlana con genuina curiosidad. ¿Qué ganas tú, hermanita? Gano poder dormir de noche, respondió Irina, algo que tú no entenderías.