Ella soltó una risa seca.
—No. Diego quería hijos. Lo intentamos durante cinco años.
La doctora deslizó un documento sobre el escritorio.
Ahí estaba el nombre de Diego, su fecha de nacimiento, su número de seguro, todo. Vasectomía realizada seis años atrás en una clínica privada de Querétaro. Exitosa. Después, reversión hecha ocho meses antes.
Mariana leyó tres veces. Las letras se le movían.
—Él sabía… —susurró—. Cada tratamiento, cada inyección, cada fracaso… él sabía que no iba a funcionar.
La doctora bajó la mirada.
—Sí.
Ese día Mariana manejó hasta un estacionamiento vacío y se quedó dentro del coche casi una hora, con la lluvia golpeando el parabrisas. No lloró al principio. El dolor era demasiado grande para salir.
Pensó en las agujas, en los moretones, en las pruebas negativas, en Diego abrazándola y diciendo: “Lo intentaremos otra vez”. Pensó en todas las veces que se culpó. En todas las noches que se miró al espejo pensando: “Mi cuerpo no sirve”.
Pero su cuerpo nunca fue el problema.
El problema era el hombre que la había convencido de estar rota para ocultar su cobardía.
Esa noche su amiga Carolina la encontró en la tina, vestida, temblando bajo el agua fría. La sacó, la envolvió en toallas y se sentó con ella en el piso del baño.
—Dime qué pasó.
Mariana apenas pudo hablar.
—Se hizo una vasectomía.
Carolina no dijo nada durante unos segundos. Luego la abrazó con fuerza.
—Entonces no estabas rota, mana. Te rompieron la confianza. Eso es distinto.
Mariana lloró hasta que no le quedó voz.
Los meses siguientes fueron lentos. Terapia los martes y jueves. Caminatas por la colonia Roma. Pan dulce los domingos. Recetas de su madre. Silencios largos. Días buenos y días donde levantarse de la cama parecía una guerra.
Carolina fue quien la obligó a ir a una gala de beneficencia.
—No puedes seguir viviendo entre cobijas y documentales de crímenes —le dijo, sosteniendo un vestido verde esmeralda—. Ponte esto.
—No estoy lista.
—Nadie está listo para volver a vivir. Uno solo sale y aprende.
Mariana fue.
El salón estaba lleno de empresarios, políticos, artistas, señoras con joyas enormes y sonrisas entrenadas. Todos parecían saber quién era ella. Todos parecían compadecerla.
A los cuarenta minutos escapó al balcón.
Ahí conoció a Julián Arriaga.
Él estaba mirando la ciudad con un vaso de whisky en la mano. No intentó impresionarla. No preguntó por el divorcio. No le dijo que todo estaría bien. Solo compartió el silencio.
Después de un rato, dijo:
—Las estrellas se ven mejor lejos de la ciudad.
Mariana casi sonrió.
—Nunca he tenido tiempo de ir tan lejos.
—Entonces algún día tienes que ir. Hay lugares donde el cielo parece azúcar sobre terciopelo negro.
Hablaron de pérdidas. De empezar otra vez. De cómo el duelo no avanza en línea recta, sino como las olas: algunos días acaricia, otros días tumba.
—¿Y qué haces cuando te tumba? —preguntó ella.