El bebé millonario perdía peso sin parar, pero el médico notó algo que nadie más vio.
La Dra. Carmen Reyes llevaba doce horas de guardia en el Hospital General Rubén Leñero cuando su teléfono móvil vibró dentro del bolsillo de su bata de laboratorio. Fuera de la oficina, el pasillo parecía una estación de hora punta: madres con bebés abrazados contra el pecho, niños con fiebre envueltos en mantas, el olor a gel antibacteriano mezclado con café recalentado. Carmen estaba acostumbrada a este humilde caos, donde cada minuto valía oro.
Miró la pantalla: número desconocido.
Normalmente no respondía, pero algo—un viejo instinto, uno de esos formados tras treinta años viendo sufrir a niños en silencio—le hizo deslizar el dedo para aceptar la llamada.
"¿Dr. Reyes?" Preguntó una voz joven y nerviosa. "Soy Rosa Mendoza. Atendiste a mi hijo hace dos años... cuando tenía neumonía.
Carmen frunció el ceño, buscando entre cientos de rostros entre el recuerdo.
"Sí... Rosa. ¿Qué está pasando?
Hubo una pausa, como si la joven necesitara reunir valor.
"Necesito pedirte un gran favor." Trabajo como niñera... Para una familia en la ciudad. Tienen un bebé de seis meses. Se llama Sebastián. E… Se está consumiendo, doctor. Ya ha sido visto por varios especialistas, quienes cobran una fortuna, y nadie encuentra nada.
Carmen se apoyó contra la pared, sintiendo un nudo en el estómago.
"¿Tenía fiebre?" ¿Vómitos? ¿Diarrea?
"No. Come normalmente. Toma leche de fórmula, comida para bebés... Y aun así pierde cada vez más peso. Ya se ven las costillas. Yo—" La voz de Rosa se quebró, "Veo cosas extrañas, doctor. Cosas que no puedo explicar. Pero siento que ese bebé... está muriendo.
Carmen miró la sala de espera abarrotada. Tenía responsabilidades, pacientes, turnos que no podían abandonar. Aun así, esa frase se clavó como una aguja: está muriendo.
"Dame la dirección", dijo finalmente, en un tono más suave. "Iré cuando termine mi turno." Solo para evaluarlo. No prometo nada.
La dirección la golpeó como una bofetada: Lomas de Chapultepec — uno de los barrios más ricos de la ciudad.
A las ocho de la tarde, Carmen se fue exhausta, se subió a su viejo Nissan Tsuru y condujo hasta el otro lado de la ciudad como si cruzara una frontera invisible. Las aceras se volvieron más limpias, los árboles más altos, las calles más tranquilas. Delante de una verja de hierro, un guardia de seguridad la miró con desconfianza hasta que escuchó su nombre en el interfono y le permitió entrar.
El camino de piedra conducía a una mansión de cristal y acero que brillaba como un diamante bajo las luces exteriores. Por un segundo, Carmen sintió que su bata blanca era demasiado sencilla para este escenario.
La puerta se abrió antes incluso de que ella la cerrara de golpe. Rosa estaba allí: joven, con un uniforme impecable, los ojos hinchados por la falta de sueño.