A partir de ahí, todo se nubló. Las manos firmes de Sofía presionando un montón de toallas limpias contra su cuerpo. La voz temblorosa de su hermana pidiendo una ambulancia por teléfono. Sofía envolviendo al pequeño Mateo en una manta térmica mientras lloraba de rabia.
—No se te ocurra morírteme, perra —repetía Sofía, arrodillada en la sangre—. No les vas a dar el gusto a esta familia de mierda. Respira.
Mariana solo recordó las luces rojas y azules rebotando en las paredes del fraccionamiento, el aullido ensordecedor de la sirena y un paramédico gritando que su presión arterial era crítica. Cuando el médico preguntó dónde estaba su esposo y cuánto tiempo había estado tirada allí, la respuesta de Sofía cortó el aire: «Se fue de fiesta. La dejó como a un perro». Luego, el silencio.
Mariana despertó cuarenta y ocho horas después en la unidad de cuidados intensivos de un hospital privado. Tenía dos vías intravenosas conectadas al brazo, una bolsa de sangre goteando lentamente en su costado izquierdo y un dolor sordo en el abdomen. Al abrir los ojos, la primera palabra que logró pronunciar con la garganta hecha una lija fue un nombre:
—Mateo…
Sofía saltó de la silla de plástico junto a la cama, con profundas ojeras marcando su rostro.
—Está bien, mi amor. Está perfecto. Llegó un poco deshidratado y lloró mucho, pero mamá lo tiene en su casa. Ya tomó su leche y está durmiendo.
Mariana soltó un sollozo profundo y tembloroso de alivio. Después de beber un poco de agua, pidió su teléfono. La pantalla mostraba decenas de llamadas perdidas: de su madre, de Sofía, de dos vecinas que vieron la ambulancia, incluso de una tía. Absolutamente nada de Alejandro. Ni un solo mensaje. Ni una llamada.
Pero había nuevas publicaciones en sus redes sociales. Había subido una foto comiendo un filete Tomahawk en un restaurante rústico. En otra historia, fumaba un puro cubano y reía con amigos. En una tercera, presumía un reloj de lujo que acababa de comprar en un pueblo mágico. «Porque también hay que darse cariño y alejarse del drama», decía, mirando directamente a la cámara.
Sofía intentó quitarle el teléfono, temiendo que la ira le provocara una recaída.
—A esa casa no vuelves —sentenció su hermana, con la mandíbula apretada—. Ya hablé con una abogada.
—No —respondió Mariana, con una frialdad que inquietó incluso a Sofía—. No voy a volver con él. Pero quiero que vayas hoy mismo a esa casa. Quiero que saques todas mis cosas y las de Mateo. Ropa, documentos, los muebles que compré, la cuna nueva, todo. Ni un biberón debe quedar. Contrata un camión de mudanza si hace falta.
—Voy a sacarlo todo hoy —aceptó Sofía.
—Pero escúchame bien —añadió Mariana, fijando la mirada en su hermana—. No vas a limpiar la habitación del bebé. La alfombra manchada debe quedarse exactamente donde está. Las toallas ensangrentadas también. Y dejas la moisés vacía.
Los ojos de Sofía se abrieron, pero al ver la determinación en el rostro pálido de Mariana, asintió lentamente. Lo entendió.
A la tarde siguiente, desde su cama de hospital, Mariana abrió la aplicación de las cámaras de seguridad de la casa. A las 6:17 p. m., la camioneta de Alejandro entró en el garaje. Bajó con gafas de sol, la piel bronceada, cargando una bolsa de regalo de una tienda exclusiva y una sonrisa arrogante en el rostro.
—¡Ya llegué, mi amor! —gritó Alejandro desde el pasillo—. ¡Espero que ya se te haya bajado lo loca! ¡Te traje un detalle para que te relajes!
El silencio de la casa fue su respuesta. Mariana observó todo a través de la cámara de la sala. La expresión de Alejandro cambió. El espacio se sentía extrañamente vacío: las fotos de la boda habían desaparecido, también los jarrones, la mecedora donde Mariana solía amamantar al bebé. Solo quedaban manchas rectangulares de polvo en las paredes.
—¿Mariana? —llamó, ahora con un tono inseguro.
Comenzó a subir las escaleras lentamente. La cámara del pasillo lo capturó deteniéndose frente a la puerta del cuarto de Mateo. Alejandro llevó una mano a su nariz. El olor metálico de la sangre seca lo golpeó. Empujó la puerta.
La bolsa de regalo se le escurrió de las manos y cayó al suelo. De su interior rodó una caja que contenía un costoso collar de plata, que vino a detenerse en el borde de la enorme mancha oscura que cubría el centro de la habitación. No había muebles, ni mantas, ni juguetes. Solo quedaba el marco vacío de la moisés, junto a la evidencia brutal de lo que su esposa había sufrido.
—No… no, no, no… —balbuceó Alejandro, retrocediendo y tropezando con sus propios pies. Cayó de rodillas frente al manchón de sangre—. ¡Mariana! ¡Mateo!
Con las manos temblorosas, agarró el teléfono y marcó el número de emergencias.
—¡Ayuda, por favor! —gritó, sollozando—. Mi esposa… creo que mi esposa y mi hijo están muertos… hay mucha sangre en la habitación… me fui de viaje… pensé que era solo un drama… ¡Ayúdenme!
Ese fue el momento exacto en que Mariana presionó el botón del micrófono en la aplicación de las cámaras. Su voz resonó clara y fuerte a través del altavoz inteligente instalado en el techo.
—No estamos muertos, Alejandro.
Él soltó el teléfono y miró hacia el techo, pálido como un muerto.
—¿Mariana? —sollozó, gateando hacia la cámara de la esquina—. ¿Dónde estás? ¿Dónde está mi hijo? Perdóname, te juro por Dios que no supe que era verdad.
—Sí que lo sabías —respondió Mariana, con la voz cortando el aire como el hielo—. Viste el charco de sangre. Me oíste suplicarte. Te agarré del pantalón rogándote que me salvaras la vida, y me arrancaste la mano porque tus treinta años y tu carnita asada eran más importantes.
—Estaba confundido, mi mamá me dijo que…