PARTE 2
Los pasos de Mateo resonaron en los escalones de la entrada, tranquilos y relajados, como los de 1 hombre que no tiene ni 1 solo pecado en el alma. La puerta de la casa de Carmen estaba emparejada. El Comandante Ramírez, que había llegado por la parte trasera para no ser visto, hizo 1 seña rápida y se ocultó en el pasillo que daba a las habitaciones. Beto se quedó de pie junto a la ventana, con los puños tan apretados que los nudillos se le pusieron blancos. Carmen tragó saliva, obligándose a borrar el terror de su rostro, y caminó hacia la puerta.
—Doña Carmen, qué pena —dijo Mateo, asomando la cabeza con esa sonrisa ensayada, vestido con su impecable camisa de lino—. Creo que dejé mi celular en la cocina.
Sus ojos recorrieron el rostro de la mujer y, por 1 fracción de segundo, la sonrisa de Mateo vaciló. Notó la palidez de su suegra, la tensión en el ambiente.
—Pasa, Mateo —respondió Carmen con una voz que cortó el aire de lo fría que sonó.
Mateo dio 2 pasos hacia adentro. Fue entonces cuando Beto le cerró el paso por detrás. Al mismo tiempo, el Comandante Ramírez salió del pasillo, sosteniendo el teléfono de Mateo en su mano derecha. La escena entera cambió en 1 latido. La fachada del yerno perfecto se desmoronó. Los ojos se le abrieron de par en par, su respiración se agitó y miró el celular en la mano del policía.
—¿Qué… qué está pasando aquí, Comandante? —tartamudeó Mateo, retrocediendo 1 paso, topándose con el pecho de Beto.
—Eso mismo me pregunto yo, muchacho —dijo Ramírez, con voz grave—. Leímos 1 par de mensajes muy interesantes. Dime, ¿quién es Valeria y por qué necesita media pastilla?
El pánico absoluto se apoderó de Mateo. Quiso correr, quiso empujar a Beto, pero el hombre mayor lo agarró por el cuello de la camisa y lo estrelló contra la pared de la sala, tirando 1 cuadro de la Virgen de Guadalupe al suelo.
—¡Habla, maldito cobarde! —rugió Beto—. ¡¿Dónde está mi sobrina?!
Antes de que Mateo pudiera inventar 1 mentira, 1 claxon sonó afuera. A través de la ventana, Carmen vio 1 lujoso sedán gris estacionándose detrás de la camioneta. Doña Leticia bajó del auto, arreglada con sus perlas y su postura rígida, mirando hacia la casa con evidente impaciencia. Sabía que Mateo tardaba demasiado.
Ramírez no perdió tiempo. Salió al porche con paso firme. Leticia lo vio e intentó mantener su máscara de señora de sociedad.
—Comandante Ramírez, qué sorpresa. Buscaba a mi hijo…
—Señora Leticia, queda detenida para investigación —dijo el policía, sacando las esposas.
La mujer retrocedió, sus ojos destilaron puro veneno. En su desesperación, tiró su bolso de diseñador al suelo. El maquillaje, las tarjetas y 1 pesado manojo de llaves salieron volando sobre la banqueta. Carmen salió de la casa, bajó los escalones y se paró frente a la mujer que había fingido llorar con ella durante 5 años.
—Eres 1 monstruo —susurró Carmen, con la voz temblando de pura rabia.
Leticia la miró con desprecio absoluto.
—Si te hubieras quedado callada, vieja estúpida, nada de esto estaría pasando.
Beto sacó a Mateo a empujones y lo obligó a subir a la patrulla junto con su madre. Ramírez recogió el manojo de llaves.
—¿Dónde la tienen? —preguntó el Comandante, apretando el brazo de Mateo—. ¡Habla, o te juro que te refundiré en el penal de máxima seguridad!
—En… en el rancho viejo de Los Agaves —sollozó Mateo, temblando como 1 niño—. En el sótano. ¡Pero Chucho está ahí, llega a las 6!
Ramírez pidió refuerzos por radio de inmediato. Carmen subió a la camioneta de Beto. No había fuerza en el mundo que le impidiera ir por su hija. El trayecto de 20 minutos hasta el rancho a las afueras del pueblo fue 1 tortura. El paisaje lleno de campos de agave azul pasaba borroso por la ventana.
Al llegar, la imponente reja del Rancho Los Agaves estaba cerrada. Ramírez, junto con 3 oficiales más que acababan de llegar, usaron las llaves de Leticia para entrar. En el patio trasero, cerca de las caballerizas, encontraron a Chucho, el cuidador, 1 hombre corpulento y sucio. Al ver a la policía, intentó huir hacia el monte, pero 2 oficiales lo tumbaron contra el suelo de tierra.
Carmen y Beto siguieron a Ramírez hacia la parte trasera de la casona antigua. Había 1 puerta de madera gruesa bloqueada con 1 candado oxidado y pesado. El Comandante probó 3 llaves del manojo hasta que 1 giró con 1 chasquido metálico. Abrieron la puerta. Un olor a humedad, encierro y productos químicos los golpeó en la cara. Bajaron por 1 escalera de piedra estrecha, iluminada por 1 foco parpadeante.
Al fondo del sótano, había 1 segunda puerta de reja. Detrás de ella, en 1 rincón oscuro, sobre 1 colchón manchado, había 1 bulto tembloroso.
—¿Valeria? —la voz de Carmen se quebró.