Clara la miró.
—Lo viste con ella.
Laura bajó la cabeza.
—Hace tres meses. Vi el coche de Diego afuera del departamento de Vanesa. Tomé foto. No te dije nada porque estabas embarazada y no quería romperte más.
Clara no la culpó. Ya no quería gastar fuerzas culpando a las mujeres que habían tenido miedo. La culpa tenía nombre y apellido: Diego Suárez.
Ese mismo día, los abogados de Regina llegaron con expedientes gruesos. Habían investigado a Diego a fondo. No eran tres mujeres. Eran doce.
Doce mujeres antes de Clara.
Algunas con pequeños negocios. Otras con herencias. Una viuda. Una doctora. Una diseñadora. Diego las estudiaba, aparecía en el momento vulnerable, se hacía indispensable, les pedía dinero, prometía negocios, amor, futuro. Cuando ya no podía sacar más, se iba.
Con Clara había apuntado más alto: la heredera Robles Arriaga.
—Nuestro encuentro en la cafetería… —susurró ella.
La abogada asintió.
—Planeado. Él sabía quién eras. Sabía que estabas de duelo.
Clara sintió que algo se le moría por dentro. No el amor, porque eso ya estaba agonizando desde hacía meses. Se le murió la última ilusión.
Por la tarde permitieron que Diego la viera, pero solo con seguridad, el detective y Regina presentes.
Entró despeinado, pálido, con la camisa arrugada. Intentó poner cara de víctima.
—Clari, mi amor…
—No me digas así.
Él parpadeó, sorprendido por la firmeza de su voz.
—Vine en cuanto pude. Vanesa está loca. Yo no sabía que haría eso.
El detective Morales dio un paso al frente.
—Tenemos video y audio, señor Suárez.
Diego palideció más.
—No entienden el contexto.
Clara lo miró con una calma que no sabía que tenía.
—Explícame el contexto de decirle a tu amante que yo no podía defenderme.
Diego apretó los labios.
—El embarazo lo cambió todo. Tú cambiaste. Ya no eras la mujer con la que me casé.
—Me embaracé de tu hijo.
—¡Yo no quería ser padre! —soltó él, perdiendo la máscara—. Tú me atrapaste.
La frase quedó flotando en la habitación.
Clara sintió que el bebé pateaba despacio, como si también hubiera escuchado.
Y entonces ya no hubo dolor de amor. Solo claridad.
—Yo no te atrapé, Diego. Tú me cazaste. Como cazaste a las otras doce.