Los otros dos avanzaron con una familiaridad que helaba la sangre. No tanteaban, no improvisaban, no se movían como hombres que entran por primera vez a un lugar prohibido. Caminaban con la seguridad de quienes llevaban semanas —tal vez meses— repitiendo la misma ruta, respirando el mismo vapor caliente, esquivando las mismas máquinas industriales y sabiendo exactamente qué cámara oficial tenía un punto ciego y qué custodio tardaba más en regresar de fumar.
Desde la pequeña sala de monitoreo improvisada detrás de enfermería, Ximena sintió que el estómago se le cerraba de golpe.
A su lado, Diego Chacón no apartó la vista de la pantalla.
—No digas nada todavía —murmuró, aunque nadie había abierto la boca—. Quiero ver hasta dónde llega.
El reloj digital en la esquina del video marcaba las 2:18:41.
La imagen granulada mostraba la lavandería medio a oscuras, iluminada apenas por una luz de emergencia rojiza que hacía todo aún más irreal. El vapor subía desde una tubería y deformaba por momentos la silueta de los hombres, como si el sótano entero respirara con ellos.
Uno de los encapuchados se acercó a una mesa metálica. Golpeó dos veces con los nudillos.
Pausa.
Luego una vez más.
Desde el lado derecho de la pantalla apareció una figura femenina.
Rebeca.

Caminaba rígida, con la cara pálida, las manos pegadas al cuerpo y el uniforme naranja demasiado grande sobre los hombros. No miraba a los hombres; miraba el suelo, como si esa fuera la única manera de llegar viva al final de la noche.