Las prisioneras de la prisión de alta seguridad quedan embarazadas una tras ot

Ximena se llevó una mano a la boca.

—Dios mío…

Diego no respondió.

El hombre más alto le dijo algo a Rebeca, pero el micrófono oculto apenas captó un murmullo roto por el zumbido de las secadoras.

Ella negó con la cabeza.

Él la agarró del brazo.

Incluso sin sonido claro, la violencia era inequívoca.

No seducción.

No consentimiento.

No un romance clandestino entre reclusa y amante.

Era sometimiento puro. Repetido. Organizado. Frío.

—Ya basta —dijo Ximena, con la voz temblando de rabia—. Ya vimos suficiente.

Diego levantó una mano, pidiéndole un segundo más.

—No. Necesito saber quién abre las puertas. Quién cubre los rondines. Quién entrega a las mujeres.

Y como si la propia prisión quisiera completar la confesión, la cámara mostró entonces lo que a ambos les partió el alma.

Detrás de la columna principal, saliendo de una zona ciega del encuadre, apareció una mujer con uniforme de custodia.

No era una reclusa.

No era una víctima.

Era una de las custodias del penal.

Y Ximena la reconoció al instante.

—No… —susurró—. No puede ser.

Pero sí era.

Silvia Armenta.

Silvia, la misma que llevaba ocho años trabajando en La Ribera. Silvia, la que tomaba café con ella en los turnos dobles. Silvia, la que dos días antes le había preguntado si “las muchachas ya se estaban tranquilizando” con una sonrisa cansada. Silvia, la que decía odiar el olor a humedad del sótano. Silvia, la que había abrazado a Mariana cuando lloró en el pasillo y luego le había susurrado algo al oído que Ximena no alcanzó a escuchar.

En la pantalla, Silvia no mostraba miedo.

Mostraba prisa.

Se acercó al hombre del túnel y le entregó unas llaves. Después volvió la cabeza hacia Rebeca y, durante un segundo, la cámara captó con claridad el gesto de su boca.

—Muévete.

Ximena sintió un vértigo tan brutal que tuvo que agarrarse del respaldo de la silla.

No era un agujero en la seguridad.

Era una red.

Y no se sostenía sola.

En ese mismo instante, Diego tomó el radio que llevaba apagado en el cinturón, lo encendió en el canal seguro que había reservado solo para dos contactos externos y habló con voz baja, precisa:

—Código negro confirmado. Activar protocolo externo. Repito: código negro confirmado. Ningún mando interno, salvo la directora, debe ser informado todavía. Necesito a la Guardia Federal penitenciaria en la entrada norte en menos de diez minutos. Sin sirenas.

Ximena giró hacia él.

—¿La directora sí?

Diego tardó apenas un segundo en responder.

—Todavía no sé.

Y esa duda fue quizá lo más aterrador de todo.