Porque si ya tenían a una custodia adentro, a un acceso secreto operativo, a mujeres aterrorizadas y a hombres entrando como si el subsuelo les perteneciera… ¿hasta dónde llegaba la podredumbre?
Los siguientes siete minutos fueron una eternidad.
En la pantalla, Rebeca desapareció detrás de una de las máquinas grandes junto con uno de los encapuchados. El segundo hombre permaneció vigilando el túnel. Silvia caminó hasta una puerta lateral, se asomó al pasillo y volvió. Estaba cubriendo.
Cubriendo.
La palabra se repitió dentro de la cabeza de Ximena con la fuerza de una maldición.
No podía dejar de pensar en las veces que esa misma mujer le había mirado a los ojos mientras ella sostenía pruebas positivas, mientras consolaba a internas aterradas, mientras intentaba entender qué monstruo estaba rompiendo a esas mujeres una tras otra.
Silvia lo sabía.
Lo sabía todo.
Y se calló.
Peor: colaboró.
A las 2:26, se oyó por fin el primer sonido distinto al zumbido del hospital-prisión: un golpeteo metálico lejano, después otro. Diego miró su reloj.
—Ya están aquí.
En la cámara, el hombre que hacía de vigía también lo oyó. Giró la cabeza hacia el túnel.
Silvia se puso tensa.
Diego apagó la pantalla de golpe.
—No quiero que nadie vea que los vimos. Vamos.
—¿Vamos a entrar? —preguntó Ximena, ya de pie.
—Tú no.
—Esas mujeres son mis pacientes.
—Y justo por eso no te necesito de heroína. Te necesito viva y lista para recibirlas en cuanto esto explote.
Ximena apretó los dientes.
Quiso discutir.
No pudo.
Porque tenía razón.
Salieron de la sala y avanzaron por el corredor técnico en silencio, acompañados por dos agentes externos que acababan de ingresar con credenciales federales provisionales. Ninguno llevaba uniforme penitenciario visible. Diego no confiaba en nadie que dependiera de la jerarquía normal de La Ribera.
El plan era simple y brutal: cerrar el túnel por ambos extremos, detener a quien estuviera dentro de la lavandería y aislar de inmediato a las posibles víctimas antes de que alguien pudiera amenazarlas otra vez.
Cuando llegaron a la puerta del sótano, Diego hizo una señal.
Uno de los agentes bajó primero.
Luego otro.
Silencio.
Otro paso.
Ximena se quedó arriba, junto al muro, con el corazón tan acelerado que sentía náuseas.
Entonces, desde abajo, llegó el primer grito.
Masculino.
Sorprendido.
Después un golpe seco.
Luego otro grito, esta vez de mujer.
Silvia.
Y entonces todo estalló.
—¡Al suelo!
—¡Federal!
—¡No se muevan!
—¡Cierren el túnel!
—¡Traigan luz aquí!
—¡Hay una interna herida!