Las prisioneras de la prisión de alta seguridad quedan embarazadas una tras ot

Ximena bajó las escaleras sin esperar permiso.

La escena parecía arrancada de una pesadilla industrial: vapor, luces rojas, el eco de las voces rebotando en el concreto, una secadora abierta, sábanas tiradas, un hombre encapuchado inmovilizado en el piso con una rodilla en la espalda, otro forcejeando contra dos agentes cerca de la entrada del túnel, Silvia contra la pared con las muñecas ya sujetas, y Rebeca hecha un ovillo detrás de un carrito de ropa, abrazándose el cuerpo con una expresión tan vacía que casi parecía fuera de sí.

Ximena corrió hacia ella.

—Rebeca, soy yo. Soy Ximena. Ya pasó. Ya pasó.

La interna levantó la vista, y en cuanto reconoció su cara, algo se derrumbó dentro de ella.

No lloró enseguida.

Primero tembló.

Luego comenzó a respirar en pequeñas sacudidas.

Y solo entonces el llanto salió, desordenado, ronco, insoportable.

Ximena la envolvió con una manta que tomó de una mesa y la alejó del resto mientras los agentes seguían asegurando la zona.

Detrás de ella, Silvia gritaba:

—¡No tienen idea de lo que están haciendo! ¡Van a provocar un motín! ¡La directora sabía que había que manejar esto con cuidado!

Diego, que estaba revisando el interior del túnel con una linterna, se volvió de golpe.

—¿La directora sabía qué?

Silvia apretó la boca.

Había hablado demasiado.

Los ojos de Diego se endurecieron.

—Llévensela aparte —ordenó a uno de los agentes—. Y que no hable con nadie. Nadie.

Ximena, aún con Rebeca abrazada, sintió cómo el piso volvía a moverse bajo ella.

La directora.

Patricia Cárdenas.

La mujer que le dijo “esto no puede salir de aquí”.

La mujer que había ordenado auditorías falsas y simulacros de control.

La mujer que había insistido en proteger “la institución” antes que a las mujeres.

No solo encubría.

Tal vez había administrado el encubrimiento.

A las tres y diez de la mañana, La Ribera estaba técnicamente bajo intervención.

No oficial todavía, porque las burocracias aman el retraso incluso cuando hay crímenes sexuales sistemáticos bajo tierra. Pero en la práctica sí: agentes federales discretos en puntos clave, accesos bloqueados, la lavandería clausurada, el túnel custodiado, la dirección central aislada y la directora Cárdenas retenida en su despacho a la espera de un fiscal.

Patricia no se quebró al principio.

Eso impresionó a Ximena casi tanto como la traición.

La mujer seguía sentada tras su escritorio, impecable a pesar de la hora, las manos entrelazadas, la voz fría.

—Esto se les va a salir de las manos —dijo cuando Diego y la fiscal federal, que ya había llegado desde la capital estatal, entraron en su oficina.

—Ya se salió de las suyas hace mucho —respondió la fiscal.

Patricia no pestañeó.

—No entienden el equilibrio que se sostiene en un lugar como este. Aquí no manejamos solo reclusas. Manejamos cárteles rotos, pactos enterrados, favores políticos. Si ciertas cosas se hacen visibles, el penal se incendia.

Ximena, que estaba de pie junto a la puerta porque insistió en presenciarlo todo, sintió asco.

—¿“Ciertas cosas”? —repitió—. ¿Así llamas a las violaciones de mujeres encerradas bajo tu custodia?

Patricia la miró con una mezcla de irritación y cansancio.

—Las llamo crisis contenidas.

La frase dejó un silencio de puro horror.

La fiscal se inclinó apenas hacia delante.

—Señora Cárdenas, vamos a hacer esto fácil. Ya tenemos un túnel operativo, dos hombres detenidos, una custodia colaboradora, registros de embarazos múltiples, testimonios en construcción y video de esta noche. Si sigue hablando como administradora de reputación en lugar de como funcionaria responsable, va a salir de aquí esposada antes de las cinco.

Patricia guardó silencio varios segundos.

Por fin habló.

—Yo no ordené nada de eso.

Diego la observó.

—Pero lo sabía.

Ella apartó la mirada apenas.

—Sabía que algo pasaba en la lavandería. No el detalle exacto al principio. Luego… sí. Demasiado.

—¿Desde cuándo? —preguntó Ximena.

Patricia cerró los ojos un segundo.

—Seis meses.