Ximena sintió ganas de abofetearla.
Seis meses.
Mientras Rebeca, Mariana, Yazmín, Lidia y quizá otras lloraban en silencio, se enfermaban, se culpaban, temían por su vida.
Seis meses.
—¿Y no hiciste nada? —la voz de Ximena salió casi irreconocible.
Patricia abrió los ojos.
—Hice lo que me pareció que evitaba un desastre mayor.
La fiscal soltó un sonido seco, incrédulo.
—Mejor explíquese antes de que yo complete la frase por usted.
Y Patricia, por fin, habló de verdad.
No para limpiarse.
Para sobrevivir.
Todo había comenzado, según contó, con una anomalía eléctrica en el sótano. Un técnico de mantenimiento encontró indicios del antiguo túnel de servicio que décadas atrás conectaba con instalaciones hoy clausuradas. Debía reportarlo y sellarse. Pero el técnico desapareció del expediente al mes siguiente, trasladado de forma extraña. Luego apareció un nombre repetido en bitácoras cruzadas, un proveedor externo con acceso no autorizado. Después, rumores de que ciertos grupos criminales del centro varonil cercano querían “cobrar” cuentas pendientes con mujeres detenidas en La Ribera.
Patricia admitió que al principio lo minimizó.
Luego dijo que recibió amenazas.
Primero llamadas.
Después fotos de su hijo saliendo de la universidad.
Después un mensaje simple: “Déjalo fluir o él paga.”
Así empezó el encubrimiento.
No por falta de inteligencia.
Por miedo.
—Intenté limitar daños —dijo Patricia, y por primera vez su voz mostró una grieta humana—. Roté personal. Cerré accesos. Presioné sin hacerlo visible. Pero ya había gente comprada adentro. Silvia no era la única. Si yo hacía una denuncia abierta sin respaldo externo, volaban mi cabeza… o la de mi hijo.
Ximena quiso odiarla con pureza.
Pero no pudo del todo.
Porque el miedo era real.
Y aun así…
—Entonces elegiste que ellas pagaran —dijo.
Patricia bajó la vista.
Y no respondió.
No hacía falta.
El amanecer encontró a la prisión sin amanecer del todo.
Las internas ya sabían que algo enorme había ocurrido. En lugares cerrados, las noticias no necesitan boletines: se deslizan por tuberías, por golpes en la pared, por silencios raros en el recuento. El rumor del túnel corrió como un incendio. El del arresto de Silvia, más rápido. El de que “ya los agarraron”, aún más.
Pero lo que nadie esperaba fue la reacción de las mujeres.
No hubo motín.
Hubo algo más organizado.
Más impresionante.
Negativa total a volver a la lavandería.