PARTE 3
Lucía cayó de rodillas antes de que yo pudiera tocarla.
“Tu suegra me obligó”, sollozó. “Yo era una estúpida, Alejandro. Tenía miedo. Tenía veinte años. Dependía de ella para todo.”
Doña Carmen entró furiosa.
“¡Cállate!”
Pero Lucía ya no se detuvo.
Contó que Valeria había dado a luz a tres niños vivos. Mateo, Santiago y Emiliano. Valeria murió por una hemorragia, y mientras yo estaba destruido afuera del quirófano, Doña Carmen decidió “corregir” lo que llamaba una injusticia.
Decía que yo era arrogante. Que mi familia rica iba a borrar el apellido Ramírez. Que Valeria no habría querido que sus tres hijos crecieran en una casa donde todo era dinero.
“Entonces, ¿qué hicieron?”, pregunté con rabia.
Lucía lloraba tanto que apenas podía respirar.
“El médico aceptó dinero. Cambió el reporte. A ti te dejaron solo a Mateo porque ya lo habías visto. A Santiago y Emiliano nos los llevamos.”
“¿Nos los llevamos?”, repetí.
Doña Carmen apretó el rosario.
“Eran mis nietos también.”
“Eran mis hijos.”
La anciana me miró con un odio frío.
“Tú nunca mereciste a Valeria.”
Lucía siguió hablando. Al principio, los niños vivieron con ellas en Puebla. Pero Doña Carmen se cansó. Decía que lloraban mucho, que preguntaban por su mamá, que costaban demasiado. Después enfermó Emiliano y Lucía empezó a pedir dinero.
Doña Carmen la echó.
Lucía terminó moviéndose de cuarto en cuarto, trabajando donde podía, escondiendo a los niños por miedo a que la denunciaran.
“Hace dos días”, confesó, “yo los dejé en esa calle porque iba a enfrentar a mi madre. Pensé que tardaría unas horas. Pero ella me encerró aquí para que no hablara.”
Miré a Doña Carmen.
“¿Encerraste a tu propia hija?”
“Para proteger a la familia.”
Esa frase me quemó.
“La familia estaba durmiendo junto a la basura.”
Llamé a Marisol.