PARTE 2
La hora siguiente fue quirúrgica.
El técnico llegó, cambió las cerraduras, instaló el sistema biométrico y vinculó únicamente las huellas y el rostro de Camila. Antes de irse, le explicó que cualquier intento de forzar la entrada activaría una alerta silenciosa. Ella le pagó sin pestañear.
Luego dejó listo el escenario.
Sobre la isla de la cocina colocó un sobre blanco. A su lado, los pedazos cortados de la tarjeta adicional que Mauricio había usado para invitarle helado a su madre. En la entrada, dejó una maleta pequeña con 3 mudas de ropa, artículos de higiene y el reloj favorito de él. Ni una cosa más.
No era un arranque. Era una operación.
Porque el problema ya no era solo el estudio. Durante meses, Camila había ido armando un rompecabezas incómodo. Mauricio llevaba demasiado tiempo “emprendiendo” sin ingresos visibles, pero con gastos crecientes. Cenas cargadas a la cuenta conjunta. retiros en efectivo. pagos a amigos disfrazados de “inversiones”. Caprichos para Ofelia. Un auto de lujo que él presumía como suyo, aunque estaba a nombre de una empresa que ni siquiera entendía.
Camila quiso darse la oportunidad de creer que todo tenía explicación. Hasta que la invasión a su estudio la obligó a admitir la verdad: no la amaban, la administraban.
A las 10:20 de la noche sonó el primer golpe en la puerta.
—¿Qué le pasó a la chapa? —gritó Mauricio desde afuera.
Camila apretó el botón del interfono.
—Nada. La cambié.
Hubo un silencio corto. Luego vino la rabia.
—¿Estás loca? Ábrenos ya.
—No van a entrar esta noche.
—¡Camila! —chilló Ofelia—. ¡Yo no voy a dormir en un pasillo!
—Eso debieron pensarlo antes de decidir qué hacer con mi casa —respondió ella.
—¡Es la casa de mi hijo! —gritó la mujer.
Camila dejó que esa frase se hundiera sola en el absurdo.
Mauricio golpeó la puerta con el puño.
—Mañana hablamos, pero me vas a abrir. Te lo estoy ordenando.
Camila sonrió al escuchar aquella palabra. Ordenando. Como si aún estuviera a cargo de algo.
—Mañana, sí —dijo—. Pero no en tus términos.
Apagó el interfono y se fue a dormir.
Por primera vez en años, la cama se sintió inmensa. Limpia. Suya.
A las 5 de la mañana ya estaba vestida con un traje gris oscuro, el mismo que usaba en negociaciones hostiles. Sirvió café. Esperó.
A las 6 en punto, los gritos regresaron, pero esta vez no venían solos.
Primero escuchó golpes. Después un ruido metálico. Luego, el zumbido inconfundible de un taladro mordiendo la cerradura nueva.
Camila miró la cámara de seguridad desde su celular. Mauricio, rojo de furia, estaba intentando perforar la puerta. Detrás de él, Ofelia grababa con el teléfono mientras repetía que su nuera era una abusiva y una desquiciada.
Camila tomó aire, agarró el sobre blanco y caminó hacia la entrada.
Al otro lado de esa puerta no solo estaba su marido furioso. También estaba el final de la mentira que ambos habían construido.
Y cuando ella la abriera, ya no habría vuelta atrás.