Mi padrastro me obligó a casarme con un mendigo para humillarme y apoderarse de todas mis posesiones… pero allí mismo, en la iglesia, el horrible secreto de aquel hombre andrajoso dejó en silencio a toda la congregación.

No pude.

Sentí que aquellas palabras me atravesaban como una descarga eléctrica, porque la voz de Elías no tenía rastro de temblor, torpeza ni locura. No era la voz de un hombre arrastrado por la vida.

Era la de alguien acostumbrado a dar órdenes.

Mis dedos se crisparon alrededor del ramo.

—¿Qué…? —alcancé a murmurar sin mover apenas los labios.

Él no me miró.

Siguió de frente, con el rostro inclinado en una expresión opaca, casi torpe, como si siguiera interpretando el papel del mendigo miserable que Don Esteban había llevado a la iglesia para convertirme en un espectáculo.

Pero debajo de aquella apariencia sucia había algo ferozmente despierto.

—No reacciones —susurró—. Mira al sacerdote. Respira. Y pase lo que pase, no digas que me conoces.

Un escalofrío me recorrió entera.

No lo conocía.

Estaba segura de eso.

Y sin embargo, la manera en que hablaba hizo que una parte de mí, una parte que llevaba meses viviendo aterrorizada, se aferrara a él como a la primera grieta de luz en un cuarto sellado.

El sacerdote carraspeó, incómodo por los murmullos que seguían recorriendo la iglesia.

Empezó con las palabras de rigor, tratando de imponer solemnidad sobre aquella farsa obscena.

Yo sentía los ojos de Don Esteban clavados en mi nuca.

Sentía su placer.

Su seguridad.

Creía haberme arrinconado.

Creía tener cada variable bajo control.

No sabía que algo ya se estaba moviendo detrás de él.

—Si alguien tiene algún impedimento para esta unión… —dijo el sacerdote, con voz más alta.

—¡Yo lo tengo! —tronó una voz desde el fondo de la iglesia.

Todo el mundo se volvió al mismo tiempo.

El sonido de las bancas, los jadeos, el roce de los vestidos elegantes y los pasos apresurados de los escoltas rompieron el falso orden en un segundo.

Un hombre alto avanzaba por el pasillo central acompañado por dos mujeres y tres hombres de traje oscuro. No venían corriendo. No gritaban. No parecían nerviosos.

Parecían exactamente lo contrario.

Seguros.

Demoledoramente seguros.

El primero en reaccionar fue Don Esteban.

Se puso de pie de golpe.

—¿Qué significa esto? —rugió.

Pero la respuesta no se la dio el recién llegado.

Se la dio Elías.

A mi lado.

Con una calma insoportable.