Ese fue el precio de mandar dinero cada mes.
De pagar esa casa.
De pagar las escuelas de mis sobrinos.
De pagar las operaciones de mi madre cuando enfermó.

Pero ahí estaba yo, parada frente a ellos…
como si fuera una desconocida.
—No puedo ayudarte —dijo mi madre finalmente, dando otro trago al tequila—. Aquí no mantenemos fracasados.
Refugio cruzó los brazos.
—Además, ya hiciste bastante daño abandonando a tus hijos.
Sentí algo romperse dentro de mí.
Mis hijos.
Los había dejado con mi tía para poder trabajar en Estados Unidos.
Cada dólar que mandaba era para ellos… y para esta casa.
Respiré profundo.
—Solo unos días —susurré—. Dormiré en el suelo.
Mi madre rió.
—¿En el suelo de mi casa?
Tomó la botella y señaló la calle.
—Vete al albergue de la iglesia.
La puerta empezó a cerrarse.
Y en ese momento ocurrió algo que ellas no esperaban.
Un coche negro se detuvo frente a la casa.
Luego otro.
Y otro más.
Tres SUVs elegantes con placas de la capital.
Refugio frunció el ceño.
—¿Qué es eso?
Las puertas se abrieron.
Bajaron dos hombres con traje.
Luego una mujer con carpeta en la mano.
Yo levanté la mirada lentamente.
—Ah… llegaron.
Mi madre me miró confundida.
—¿Quién?
El hombre de traje se acercó.
—Buenas tardes, señora Esperanza Morales.
Asentí.
—Sí.
Refugio y mi madre se miraron.
—¿Quién es usted? —preguntó mi madre.
El hombre habló con voz profesional.
—Licenciado Ricardo Ledesma, representante legal de Morales Holdings.
Mi madre frunció el ceño.
—¿Morales qué?
El abogado abrió la carpeta.
—Venimos a revisar la propiedad ubicada en Calle Hidalgo número 37.