Mi Papá Murió Sin Dejarme Nada… Pero El Notario Me Llamó 40 Días Después Con Una Verdad…

enero llegó con esa calidad que tiene el año nuevo en el norte del país, que no es el año nuevo festivo y de propósitos de las películas, sino algo más sobrio, más de manga larga y café caliente en las mañanas y la ciudad agarrando velocidad después de los días quietos de diciembre. Yo empecé el año en el estudio nuevo. El primer día que trabajé ahí fue un lunes de la segunda semana de enero, después del día de Reyes, con la computadora nueva y la silla ergonómica y la ventana con vista a la [música] calle de la Narbarte y la foto de M de 8 años en la pared.

Mínima no estaba porque Mínima no era bienvenida en el estudio, que fue una negociación difícil que ella no ganó, aunque lo intentó. Esa mañana no hice trabajo de cliente. Abrí un documento nuevo en la computadora y escribí, “No para nadie en particular, solo para mí.” ¿Qué es la manera en que escribo cuando necesito entender algo que todavía no tengo claro en la cabeza? Sacarlo al papel o a la pantalla y verlo desde afuera. Escribí sobre mi papá.

Escribí sobre los sábados cada dos semanas y sobre la taquería de Constitución y sobre las 2 horas antes de la graduación que yo no había sabido. Escribí sobre el licenciado Morales y su café americano y sus 40 años de ejercicio notarial y lo que me había dicho sobre que los hombres de la generación de mi padre no solían escribir esas cosas. Escribí sobre la foto y sobre el jardín de la abuela y sobre el sempaschil que le llevé a la tumba.

Escribí sobre Fernando y el café de San Pedro y los ojos mireles que los dos habíamos heredado, sin que nadie nos avisara que eso iba a pasar. Escribí una hora. Luego cerré el documento sin guardarlo. No necesitaba guardarlo. El propósito no era tener el texto, sino haberlo escrito. Las semanas siguientes [música] tuvieron el ritmo de una vida que está volviendo a su cauce después de algo que la sacó de él. No igual que antes, porque las cosas que lo cambian a uno no dejan todo igual, sino con un cauce que uno reconstruye con lo que

aprendió y con lo que perdió y con lo que encontró en un sobre de papel craft un día de martes en la notaría 38 de Monterrey. Hubo una semana de febrero en que la señora Garza me llamó. Me sorprendió tanto ver su nombre en la pantalla que tardé dos timbres en contestar. me llamó para decirme que había encontrado entre las cosas de Eduardo una caja con fotos, que había fotos mías en distintas edades y que si yo quería pasar a recogerlas.

Su voz era la misma voz del velorio, ni fría ni cálida, en el punto medio. Pero había algo diferente en que hubiera marcado mi número. Había algo diferente en que estuviera guardando esas fotos para mí. Le dije que sí. ¿Qué pasaba [música] el viernes? La casa de la señora Garza quedaba en la colonia Lomas del Valle, una de esas colonias de Monterrey, con casas amplias y jardines bien cuidados y silencio de barrio residencial que uno escucha diferente a los demás silencios.

Me abrió la puerta ella misma. me hizo pasar a la sala, que era una sala decorada con esa sobriedad elegante que tienen los interiores de personas que saben que el lujo no necesita gritarse. Me ofreció café. Le dije que sí. Esperé en la sala mientras ella iba por la caja. Miré las fotos en la consola. Fernando y Alejandra de chicos en lo que parecía una playa del norte. una foto de bodas que era mi papá y la señora garza jóvenes, quizás principios de los 90, una foto de los cuatro en algún viaje familiar.