En diciembre tomé la primera decisión concreta sobre el dinero del seguro. No fue una decisión grande ni dramática. Fue una que llegó de manera natural después de semanas de pensar en lo que Raquel me había dicho sobre usar lo que alguien dejó para construir algo que hubieran querido ver. Hacía 4 años que yo había querido tener un estudio propio, un espacio físico fuera del departamento donde trabajar. ¿Qué es algo que los diseñadores independientes tarde o temprano necesitan cuando los proyectos crecen y cuando la gata empieza a caminar sobre el teclado en los momentos más inconvenientes?
Lo había pospuesto por el costo de la renta adicional y por esa tendencia que tengo de dejar para después las inversiones que son para mí misma, que Raquel me ha señalado varias veces y que yo he reconocido varias veces y que he tardado mucho en hacer algo con ella. Usé parte del seguro para rentar un local pequeño en la colonia Narbarte de Monterrey, que era la colonia donde había crecido la mayoría de mi trabajo en los últimos años.
y que tiene una vida de barrio que a mí me ayuda a concentrarme mejor que los espacios totalmente aislados. Local de 20 m² con ventana a la calle, paredes blancas, piso de concreto pulido que pinté yo misma un sábado de diciembre con Raquel, de ayudante no solicitada, pero bienvenida. De un blanco ligeramente cálido que en la luz de la tarde del norte queda exactamente bien. Puse un escritorio, la silla ergonómica, la computadora nueva que también era necesaria.
Puse en la pared enmarcada la foto de mí de 8 años en el jardín de la abuela, riéndome de algo que era mi papá desde la banqueta. La puse ahí porque era el lugar correcto para ella, no en el buró del cuarto, que era el lugar del descanso y del duelo privado, en el estudio, que era el lugar del trabajo y del futuro y de lo que yo estaba construyendo. Puse ahí porque quería que lo que ella representaba, que era que él había estado, aunque yo no lo supiera, fuera parte de lo que yo hacía todos los días, no como peso, sino como compañía.
El día que puse la foto en la pared, Raquel me preguntó si me parecía raro tenerla ahí. Le dije que no, que me parecía lo correcto. Me preguntó que cómo sabía que era lo correcto. Le dije que porque cuando la miré en esa pared no sentí ninguna de las cosas complicadas que sentía cuando la miraba en el buró. Sentí algo más simple. Sentí que era mía, que la niña de la foto era mía y que la historia era mía y que lo que había pasado, todo, tanto lo doloroso como lo que había encontrado en el sobre de papel craft, era mío para cargarlo y para hacer con ello lo que yo decidiera.