Mauricio me llamó cuando salí.
—Tenemos que hablar de la boda. De qué vamos a decir.
No respondí.
Esa tarde cancelé la hacienda, las flores, el mariachi, el fotógrafo y el pastel. Luego llamé a mis papás. Mi papá llegó sin preguntar nada y se sentó conmigo en silencio. Mi mamá lloró, pero después dijo algo que me terminó de romper.
—Renata se equivocó, hija. Pero es tu hermana. No podemos perder a las dos.
Ahí entendí que también tendría que perder una familia para salvarme.
Esa noche abrí una página de empleos. Había una vacante para maestra de arte en Mérida, en una escuela privada con programa de verano. Mandé mi solicitud.
Antes de dormir, puse el ultrasonido sobre mi pecho.
—Nos vamos a ir de aquí —le prometí a mi bebé—. Y nadie va a usarte para obligarnos a quedarnos.
PARTE 2
Me aceptaron en Mérida 4 días después. La rapidez me pareció una señal. Empaqué lo que cupo en mi coche: ropa, pinturas, documentos, unos cuantos libros y el sobre con el ultrasonido. Mi papá me ayudó a cargar cajas sin decirme que me quedara. Solo revisó las llantas, me dio efectivo y me abrazó frente al volante.
—No tienes que perdonar rápido para ser buena persona.
—¿Y si nunca puedo?
—Entonces no mientas para complacer a nadie.
Casi le conté lo del embarazo. Casi. Pero sabía que si él lo sabía, mi mamá terminaría sabiéndolo también, y Renata, y Mauricio. Yo necesitaba distancia antes de que todos convirtieran mi vientre en una discusión familiar. Salí de Guadalajara a las 5 de la mañana, cuando la ciudad aún estaba medio dormida. En el retrovisor se quedó la mujer que compró un vestido de novia creyendo en la lealtad. La que llegó a Mérida era otra: más dura, más callada, más asustada, pero viva. La escuela se llamaba Casa del Ceibo. Era pequeña, cálida, llena de niños que pintaban soles morados y perros con alas. La directora, la maestra Celia, me recibió sin preguntar demasiado. Me dio libertad para crear talleres, un aula con ventanas grandes y un salario suficiente para empezar. Renté un departamento modesto cerca de Santa Ana, con pisos frescos, paredes blancas y un balcón donde empecé a poner plantas. La dueña, doña Amparo, vivía abajo y me dejaba pan dulce en la puerta los domingos. No sabía nada de mí, pero un día me vio vomitando en el patio y solo dijo:
—Mija, el jengibre ayuda. Y las tristezas también dan náusea.
A los 5 meses ya no pude esconder la panza. Celia me llamó a su oficina y yo entré temblando, preparada para perderlo todo. Pero ella sonrió.
—¿Cuánto falta?
—Cuatro meses.
—Entonces vamos a organizar tu horario.
Lloré frente a ella como una niña. La primera amiga que hice fue Isabel, la maestra de música. Divorciada, con una hija de 7 años, sabía cómo mirar sin invadir. Una tarde me llevó a comprar ropa de maternidad y me dijo:
—No te voy a preguntar quién fue. Solo dime si necesitas que alguien te acompañe al parto.
Necesitaba. Mucho. Y ella estuvo ahí cuando mi hija nació 3 semanas antes de tiempo, una madrugada de diciembre, con un llanto tan fuerte que la enfermera se rió.
—Esta niña llegó reclamando mundo.