La llamé Lucía. Porque eso fue para mí: luz en medio de ruinas. Cuando la pusieron en mi pecho, entendí que no estaba sola. Nunca más.
Los primeros meses fueron brutales. Lucía no dormía, yo lloraba de cansancio y daba clases con manchas de leche en la blusa. Pero también fue hermoso. Mis alumnos le hicieron dibujos. Isabel me llevaba sopa. Doña Amparo me cargaba a la niña mientras yo me bañaba. Aprendí que la familia también se puede construir con gente que llega cuando la sangre se va. De Guadalajara llegaban noticias aunque yo no las pidiera. Mi mamá dejaba mensajes diciendo que Renata y Mauricio estaban juntos, que tal vez el tiempo curaría todo, que un día los primos podrían convivir. Luego supe que Renata estaba embarazada también. Colgué antes de escuchar más. Esa noche abracé a Lucía hasta que dejó de dolerme respirar. Cinco años pasaron como pasan las vidas que se reconstruyen: entre pañales, clases, fiebre, dibujos pegados al refri, primeras palabras y cuentas que apenas alcanzan. Lucía creció curiosa, artística, con manos siempre manchadas de color. Yo empecé a pintar otra vez. Primero de madrugada, cuando ella dormía. Luego en serio. Una galería de Mérida vio mis cuadros y me ofreció una exposición individual: “Cartografías de una mujer que volvió”. La noche de la inauguración usé un vestido verde oscuro. Lucía llevaba uno morado y enseñaba a otros niños a mezclar pintura en una mesa pequeña. La sala estaba llena. Había música, vino, compradores, colegas, Isabel con lágrimas de orgullo. Entonces la vi ponerse pálida. Miró hacia la entrada. Seguí su mirada. Mauricio estaba ahí. Más delgado, con canas pequeñas en las sienes, vestido caro y ojos cansados. A su lado estaba Renata, cargando a un bebé, mientras un niño de unos 4 años jalaba la manga de Mauricio. No me habían visto todavía. Pero Lucía se rió. Esa risa llenó la sala. Mauricio giró la cabeza hacia ella. Primero sonrió por instinto. Luego su rostro se quedó sin sangre. Vi cómo hacía las cuentas: la edad, los ojos, la boca, el parecido inevitable. Renata siguió su mirada y se llevó una mano a la boca. Caminé hacia ellos antes de que pudieran acercarse a mi hija.
—No den un paso más.
Mauricio apenas pudo decir:
—Natalia… ¿ella es…?
—Sí.
El ruido de la galería pareció apagarse.
—¿Por qué no me dijiste?
Renata empezó a llorar.
—¿Cómo pudiste ocultarnos algo así?
La miré. Mi hermana, la que me robó el futuro y todavía hablaba como víctima.
—Ustedes me enseñaron que no todo lo que tiene sangre es familia.
Mauricio tragó saliva.
—Tengo derechos.
—Y yo tengo memoria.
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PARTE 3
Mauricio miró hacia la mesa donde Lucía pintaba, como si pudiera recuperar 5 años con solo estirar la mano. Isabel ya estaba junto a ella, lista para sacarla si era necesario. Renata cargaba al bebé con torpeza, su niño jalaba su vestido y Mauricio parecía dividido entre correr hacia mi hija o sostener la vida que había elegido. Ese fue el primer momento en que vi que su “destino” no era un cuento brillante, sino una casa cansada.
—No puedes negarme a mi hija —dijo Mauricio.
—No la llames así frente a mí como si hubieras estado ahí cuando le dio fiebre, cuando aprendió a caminar, cuando preguntó por qué otras niñas tenían papá y ella no.
—Yo no sabía.
—No. No quisiste saber si había consecuencias después de acostarte con mi hermana 3 días antes de casarte conmigo.
Renata lloró más fuerte.
—Éramos jóvenes. Estábamos confundidos.
—Tú tenías 26 años. No eras una niña. Eras mi hermana.
Varios invitados empezaron a mirar. No quería convertir mi exposición en otro altar destruido, pero tampoco iba a esconderme. Mauricio bajó la voz.
—Quiero conocerla.
—No esta noche.
—Voy a buscar abogados.
—Hazlo. Y explícales por qué nunca preguntaste si la mujer a la que abandonaste pudo haber estado embarazada. Explícales por qué no intentaste verme ni una vez hasta que viste a una niña parecida a ti en una galería.
Su cara se endureció.
—Te fuiste.
—Me salvé.
Renata dio un paso.
—Los niños no tienen culpa. Podrían ser primos.