PARTE 2
Esa noche no volví directo al departamento. Caminé hasta un café cerca del WTC donde Ernesto y yo solíamos vernos cuando todavía fingíamos ser felices. Le marqué cinco veces. No contestó. Llamé a su oficina y la recepcionista, incómoda, me dijo que el licenciado Ernesto había pedido dos días libres.
Dos días libres.
Entonces entendí que el “viaje de trabajo” no existía.
Mientras tomaba un café frío, busqué mudanzas, bodegas y un abogado familiar. No iba a pelear con doña Elvira. No iba a suplicar mi lugar. Si querían que me fuera, me iría completa.
Después recibí un mensaje de una conocida que trabajaba en un restaurante de la Roma.
“Mariana, perdón que me meta. Vi una foto tuya en el celular de Ernesto una vez. Él viene seguido con una mujer. Se llama Claudia.”
Me mandó dos fotos: Ernesto sentado muy cerca de una mujer joven, tocándole la mano. En otra, salían juntos de un hotel boutique.
Curiosamente, no sentí tristeza. Sentí claridad.
A las siete de la mañana, la mudanza llegó al edificio. Yo ya tenía listas cajas con mi ropa, documentos, vajillas, electrodomésticos, cuadros, libreros, la sala modular, la mesa de comedor y hasta las cortinas que yo había mandado hacer.
Doña Elvira salió de su cuarto con bata de seda y cara de espanto.
—¿Qué estás haciendo?
—Me estoy yendo, como usted pidió.
—¡Pero no puedes llevarte todo!
—Sí puedo. Todo esto lo compré yo.
Los cargadores empezaron a sacar caja tras caja. La sala quedó desnuda. La cocina, vacía. Los cuartos, irreconocibles. Doña Elvira los seguía de un lado a otro diciendo que yo estaba robando.
Uno de los hombres, cansado de sus gritos, se acercó con la orden de servicio.
—Señora, disculpe, ¿a nombre de quién está el contrato de renta del departamento?
Doña Elvira parpadeó.
—¿Cómo?
—Necesitamos confirmar autorización. ¿Quién aparece como responsable del arrendamiento?
Ella me miró.
Yo respiré hondo.
—A mi nombre —dije—. Mariana Salcedo. Y también soy yo quien paga los 98 mil pesos de renta cada mes.
Doña Elvira se quedó inmóvil.
—Eso es mentira.
—No. La mentira fue hacerle creer que su hijo sostenía todo esto.
Le enseñé en mi celular los comprobantes de transferencia. Mes tras mes. Año tras año.
Su rostro perdió color.
—Pero Ernesto…
—Ernesto no podía pagarlo. Y yo lo protegí para que usted siguiera creyendo que tenía un hijo exitoso.
En ese momento llegó Diego con Valeria, cargando maletas y bolsas de bebé. Venían sonrientes, como si entraran a una casa lista para recibirlos gratis.
—¿Qué pasó aquí? —preguntó Diego.
Doña Elvira intentó hablar, pero no pudo.
Yo lo miré directo.
—Tu abuela me pidió que me fuera para que ustedes vivieran aquí. Perfecto. Solo les aviso que la renta cuesta 98 mil pesos al mes. Desde el próximo pago, pueden organizarse entre ustedes.
Valeria soltó la bolsa que traía en la mano.
—¿Noventa y ocho mil? Pero… tu papá dijo que aquí no pagaríamos nada.
Diego miró a Ernesto, que acababa de entrar pálido, despeinado, con la misma camisa del día anterior.
Y cuando dije el nombre de Claudia, su cara terminó de derrumbarse.