Mi padre soltó una carcajada.
—¿A quién le vas a llamar? ¿A tu jefe de la tienda? ¿A alguna amiga cajera?
—Al juzgado —dije.
Los tres se quedaron inmóviles.
Valeria fue la primera en reír.
—¿Juzgado? Elena, por favor. Tú no pudiste ni terminar la universidad sin salir llorando.
La miré con mi abrigo puesto. Mi abrigo de lana oscura, hecho a la medida, que guardaba en mi oficina del tribunal. Había quedado impregnado con el olor suave de madera del clóset de mi despacho. Ella lo llevaba como si también pudiera robarse mi identidad sin consecuencias.
Mi padre bajó la voz, usando ese tono que siempre usaba cuando quería ordenar algo y hacerlo sonar como consejo.
—Esto es lo que va a pasar. Le dices a la policía que tú manejabas. Que te asustaste. Que no viste al ciclista. Buscaremos un abogado barato. Valeria te mandará dinero cuando firme sus contratos.
—Qué generosa —respondí.
—No uses ese tono conmigo.
—Es el tono que se usa cuando alguien entiende la ley mejor que tú.
Su rostro se endureció.
—Tú no entiendes nada.
Entonces la llamada entró.
—¿Jueza Vargas? —dijo la voz de mi secretario.
La palabra cayó en la sala como un golpe.
Jueza.
Mi madre abrió la boca.
Valeria dejó de sonreír.
Mi padre dejó de caminar.
Puse el teléfono en altavoz.
—Sí, licenciado Méndez. Tenemos un atropellamiento con fuga cometido con mi vehículo oficialmente registrado para seguridad judicial. La probable responsable está presente. Hay admisión grabada. Notifique al magistrado de guardia, a seguridad del tribunal y a la policía de investigación. Necesito que se preserve de inmediato la grabación en la nube del vehículo.
Hubo una pausa breve.
—Entendido, su señoría. Ya se activó el protocolo por el dispositivo del coche. El hospital confirma que la víctima está viva, pero grave.
Mi madre dio un paso atrás, como si yo hubiera cambiado de piel.
—Eso es mentira —susurró Valeria.
Giré la pantalla hacia ellos.
Ahí estaba mi fotografía en la página oficial del Poder Judicial de la Federación. Toga negra. Nombre completo. Elena Vargas Salcedo. Jueza de Distrito.
Mi padre parpadeó varias veces, buscando dónde esconder su desprecio.
—Elenita… hija…