—No.
La palabra fue baja, pero lo detuvo.
Valeria tragó saliva. Luego, como siempre, intentó convertir su miedo en ataque.
—¿Y qué? Si eres jueza, puedes arreglarlo. Para eso sirve tener poder, ¿no? Somos familia.
Casi me reí.
—No, Valeria. Precisamente por eso no voy a tocar el caso.
Afuera se escucharon llantas sobre el pavimento mojado.
Una camioneta negra se detuvo frente a la casa.
Después otra.
Después otra.
Por primera vez en toda la noche, Valeria dejó de actuar asustada.
Ahora sí lo estaba.
Y lo peor todavía no había salido a la luz.
PARTE 3
El golpe en la puerta sonó como sentencia.
Entraron dos elementos de seguridad judicial, acompañados por agentes de investigación de la fiscalía. Mi madre empezó a llorar de inmediato, pero no por el ciclista, ni por la verdad, ni por la vergüenza de haber querido enterrar a su propia hija.
Lloraba porque las consecuencias por fin habían tocado su casa.
Valeria me señaló.
—¡Ella está mintiendo! ¡Está usando su cargo para destruirme!
Entregué mi celular a uno de los agentes.
—La admisión está grabada con hora. El coche tiene cámara frontal, cámara interior, audio, GPS y respaldo automático en la nube. También debe aparecer la llamada que ella hizo al llegar.
El agente asintió.
Uno de los elementos de seguridad me miró con respeto.
—¿Está segura, su señoría?
Mi padre se estremeció al escuchar otra vez ese título.
—Ahora sí —respondí.
Valeria gritó:
—¡Dejen de llamarla así!
Nadie le hizo caso.
Y ese fue su primer castigo.