PARTE 2:
José sabía que le robaban en el precio. Teresa también, pero no había de otra. Así funcionaba el campo para los que no tenían camioneta propia. Cuando nacieron las gemelas, Teresa pensó que la vida ya le había dado todo lo que podía darle. Paola llegó primero llorando fuerte. Clara llegó 2 minutos después callada, como si ya viniera escuchando. Crecieron entre gallinas, tierra y el olor del pan de elote que su madre sacaba del horno de leña antes del amanecer.
Las dos eran listas. Las dos terminaron la preparatoria en el pueblo y las dos al cumplir 20 años querían lo mismo. Irse. Fue Teresa la que insistió. Que se vayan le dijo a José una noche después de cenar. Que conozcan otra cosa, que no terminen con las manos reventadas como las mías. José no dijo nada por un rato largo. Luego la miró y le contestó despacio, "Sí se van, no van a volver, Teresa. Los hijos que se van al norte no vuelven." Ella no le creyó o no quiso creerle.
Vendieron cuatro cabras y un puerco para juntar el dinero. Teresa sacó unos ahorros que tenía escondidos en una lata de galletas debajo de la cama. Con eso pagaron el viaje de las dos a Houston, Texas, donde una prima lejana de Teresa las iba a recibir mientras encontraban trabajo. La despedida fue en la puerta de la casa. Un martes temprano, Paola subió a la camioneta del vecino que las llevaría a la central de autobuses sin mirar atrás. Clara se detuvo, abrazó a Teresa y le dijo al oído, "Voy a mandarles dinero cada mes, mamá.
Se lo prometo. Teresa asintió sin hablar porque sabía que si abría la boca iba a llorar. José se quedó parado junto al portón con los brazos cruzados. No abrazó a nadie. Cuando la camioneta arrancó, Teresa vio que a José le temblaba la mandíbula. Los primeros meses llegaron llamadas. Paola consiguió trabajo en una tienda de ropa. Clara entró como auxiliar en una clínica. Las cosas iban bien, decían. Poco a poco las llamadas se fueron espaciando. De cada semana pasaron a cada 15 días, luego a cada mes, luego a cuando se acordaran.
Tres años después de que las gemelas se fueron, José no volvió del campo. Teresa lo esperó para cenar hasta que oscureció. salió a buscarlo con una lámpara de mano. Lo encontró boca arriba entre los surcos de maíz, con los ojos abiertos y una mano todavía agarrando la tierra. Infarto. Así, de golpe, sin aviso, sin tiempo para decirle nada. Teresa se arrodilló junto a él, le cerró los ojos con los dedos y se quedó ahí en la milpa, sin gritar, sin llorar todavía, solo agarrándole la mano hasta que el frío de la noche la obligó a soltarlo... SI TE INTERESA EL ARTÍCULO, POR FAVOR DALE “ME GUSTA” Y COMPARTE ESTA HISTORIA, Y PULSA “ BIEN ” SI QUIERES LEER LA HISTORIA COMPLETA. GRACIAS.