Durante casi tres semanas, la residencia de los Montoya, ubicada en las colinas de Santa Fe, Ciudad de México, había sido discretamente puesta en una lista negra.
Las agencias de servicio doméstico nunca dijeron que la casa fuera peligrosa, no de forma oficial, pero todas las mujeres que entraban salían distintas.
Algunas lloraban.
Otras gritaban.
Una se encerró en el cuarto de lavado hasta que seguridad tuvo que escoltarla fuera.
La última cuidadora salió corriendo descalza por la entrada al amanecer, con pintura verde escurriéndole del cabello, gritando que las niñas estaban poseídas y que las paredes escuchaban cuando uno dormía.
Desde las puertas de cristal de su despacho, Alejandro Montoya, treinta y siete años, observó cómo el taxi desaparecía tras el portón eléctrico.

Era fundador de una empresa de ciberseguridad que cotizaba en la bolsa mexicana, un hombre entrevistado cada semana por revistas financieras, pero nada de eso importaba cuando se dio la vuelta y escuchó el sonido de algo rompiéndose en el piso de arriba.
En la pared colgaba una fotografía familiar tomada cuatro años atrás.
Su esposa Isabel, radiante y riendo, estaba arrodillada en la arena mientras sus seis hijas se aferraban a su vestido, quemadas por el sol y felices.
Alejandro tocó el marco con la punta de los dedos.
—Les estoy fallando —susurró al cuarto vacío.
El teléfono sonó.
Su gerente de operaciones, Ricardo Salinas, habló con extrema cautela.
—Señor, ninguna niñera certificada acepta el puesto. El área legal me pidió que deje de llamar.
Alejandro exhaló lentamente.
—Entonces no contrataremos una niñera.
—Queda una opción —respondió Ricardo—. Una trabajadora de limpieza residencial. Sin antecedentes de cuidado infantil.
Alejandro miró por la ventana hacia el jardín trasero, donde los juguetes yacían rotos entre plantas secas y sillas volcadas.
—Contrata a quien diga que sí.
Al otro lado de la ciudad, en un departamento estrecho cerca de Iztapalapa, Camila Rojas, veintiséis años, se ajustó sus tenis desgastados y metió a presión sus libros de psicología en una mochila.
Limpiaba casas seis días a la semana y estudiaba trauma infantil por las noches, impulsada por un pasado del que casi nunca hablaba.
Cuando tenía diecisiete años, su hermano menor murió en un incendio doméstico.
Desde entonces, el miedo ya no la sobresaltaba.
El silencio no la asustaba.
El dolor le resultaba familiar.
Su celular vibró.
La supervisora de la agencia sonaba apurada.
—Colocación de emergencia. Residencia privada. Inicio inmediato. Pago triple.
Camila miró el recibo de la universidad pegado con un imán en el refrigerador.
—Mándeme la dirección.
La casa de los Montoya era hermosa de la forma en que siempre lo es el dinero.
Líneas limpias, vista a la ciudad, jardines perfectamente cuidados.
Por dentro, se sentía abandonada.
El guardia abrió el portón y murmuró: