—Suerte.
Alejandro la recibió con profundas ojeras.
—El trabajo es solo limpieza —dijo rápido—. Mis hijas están de luto. No puedo prometer tranquilidad.
Un golpe resonó arriba, seguido de una risa tan aguda que cortaba el aire.
Camila asintió.
—No le tengo miedo al duelo.
Seis niñas observaban desde la escalera.
Renata, doce años, postura rígida.
Valeria, diez, jalándose las mangas.
Lucía, nueve, con la mirada inquieta.
Daniela, ocho, pálida y silenciosa.
Las gemelas Ana y María, seis, sonriendo con demasiada intención.
Y Sofía, de tres años, aferrada a un conejo de peluche roto.
—Soy Camila —dijo con calma—. Vengo a limpiar.
Renata dio un paso al frente.
—Usted es la número treinta y ocho.
Camila sonrió sin inmutarse.
—Entonces empezaré por la cocina.
Notó las fotografías en el refrigerador.
Isabel cocinando.
Isabel dormida en una cama de hospital, sosteniendo a Sofía.
El duelo no se escondía en esa casa.
Vivía a la vista de todos.
Camila preparó hotcakes de plátano con forma de animales, siguiendo una nota escrita a mano pegada dentro de un cajón.
Dejó un plato en la mesa y se alejó.
Cuando regresó, Sofía comía en silencio, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.
Las gemelas atacaron primero.
Un alacrán de hule apareció dentro del balde del trapeador.
Camila lo examinó con atención.
—Buen detalle —dijo, devolviéndolo—. Pero el miedo necesita contexto. Tendrán que esforzarse más.
Las niñas la miraron, inquietas.
Cuando Daniela mojó la cama, Camila solo dijo:
—El miedo confunde al cuerpo. Limpiaremos en silencio.
Daniela asintió, con lágrimas acumulándose pero sin caer.
Camila se sentó junto a Lucía durante un ataque de pánico, guiándola con instrucciones suaves hasta que su respiración se calmó.
—¿Cómo sabes hacer esto? —susurró Lucía.
—Porque alguien alguna vez me ayudó a mí —respondió Camila.
Pasaron las semanas.
La casa se suavizó.

Las gemelas dejaron de intentar destruir cosas y empezaron a intentar impresionarla.
Valeria volvió a tocar el piano, una nota cuidadosa a la vez.
Renata observaba desde la distancia, cargando una responsabilidad demasiado grande para su edad.
Alejandro comenzó a llegar temprano, quedándose de pie en la puerta mientras sus hijas cenaban juntas.
Una noche preguntó:
—¿Qué hiciste tú que yo no pude?
—Me quedé —dijo Camila—. No les pedí que sanaran.
La ilusión se rompió la noche en que Renata intentó suicidarse.
Sirenas.
Luces de hospital.
Alejandro lloró por primera vez, encorvado en una silla de plástico, mientras Camila permanecía a su lado, en silencio, presente.
Ahí comenzó la sanación.
Meses después, Camila se graduó con honores.
La familia Montoya ocupaba toda la primera fila.
Juegos familiares
Juntos abrieron un centro de atención psicológica para niños en duelo, en memoria de Isabel.
Bajo un jacaranda en flor, Alejandro tomó la mano de Camila.
Renata habló en voz baja:
—No la reemplazaste. Nos ayudaste a sobrevivir a su ausencia.
Camila lloró abiertamente.
—Eso es suficiente.
La casa que antes expulsaba a todos volvió a ser un hogar.
El duelo permaneció,
pero el amor se quedó más tiempo.