La mañana en que el teléfono no dejaba de sonar
A las 6:12 de una gris mañana de febrero, Adrian Whitaker ya estaba sentado en su auto frente a su oficina en Tacoma, Washington. El motor vibraba suavemente bajo él mientras una fina capa de escarcha cubría el parabrisas. Ajustó su corbata frente al espejo retrovisor y repasó mentalmente la larga lista de tareas que le esperaban ese día: llamadas de conferencia, negociaciones con clientes, números que necesitaban explicación.

Durante años, Adrian había creído que el éxito significaba mantenerse siempre un paso adelante.
Plazos. Objetivos. Expectativas.
Su calendario siempre estaba lleno. Su mente siempre en marcha.
Apenas notó el suave zumbido del teléfono en el portavasos junto a él hasta que sonó de nuevo, esta vez más fuerte.
La pantalla mostró un nombre que le hizo apretarse el pecho al instante:
Cascade Children’s Medical Center.
Adrian contestó antes de que terminara el segundo timbrazo.