“Disculpen, estoy en silla de ruedas”, dijo ella; el siguiente paso de ese padre soltero lo cambió todo.

Parte 2

Valeria lo siguió hasta el elevador privado que conectaba la planta baja con su habitación.

Mateo presionó el botón, esperó a que las puertas se abrieran y alumbró con una linterna el espacio entre la cabina y el piso. Su rostro ya no tenía calma.

—¿Tu primo contrató a quienes instalaron esto?

—Sí —respondió ella—. Insistió mucho.

Mateo respiró hondo.

—El freno principal está desconectado. No fallado. Desconectado. Y el sistema de emergencia tiene los resortes limados. Si sube al segundo piso y hay una sobrecarga, la cabina cae.

Valeria sintió que el aire desaparecía.

—¿Está diciendo que…?

—Estoy diciendo que alguien quiere que su muerte parezca accidente.

La mansión, su fortaleza, se convirtió de pronto en una trampa. Valeria pensó en las bromas de Santiago sobre su “fragilidad”, en su insistencia con la fusión de una empresa de robótica, en los documentos que quería que firmara esa misma semana.

—Si muero antes de modificar los estatutos —murmuró—, mis acciones pasan temporalmente al fideicomiso del consejo. Santiago preside ese consejo.

Mateo cerró las puertas del elevador.

—Entonces ya tenemos motivo.

Valeria miró a Camila, que jugaba con su conejo a unos metros, inocente ante el horror.

—Tome a su hija y váyase. Le pagaré todo hoy mismo.

Mateo cruzó los brazos.

—No. Si me voy, usted se queda sola. Y si Santiago sabe que descubrí esto, también vendrá por mí.

Valeria estudió su rostro. No había codicia. No había miedo. Solo una terquedad limpia, casi antigua. Llamó a doña Berta.

—Llévese a Camila a la suite del ala este. Cierre con seguro. Póngale caricaturas y no la deje sola.

Doña Berta no hizo preguntas. Se llevó a la niña, que miró a su padre con sueño.

—Papá, ¿vas a arreglar la nave?

—Sí, mi cielo. Ve con doña Berta.

Cuando quedaron solos, Valeria dijo:

—Vamos a hacer que Santiago crea que ganó.

Mateo entendió.

Durante horas, trabajó en silencio. Reconectó los frenos del elevador, instaló un bloqueo manual y colocó cámaras ocultas en las rejillas. También creó un bucle en el sistema de seguridad para que Santiago viera una casa vacía.

A las nueve de la noche, Valeria llamó a su primo.

—Santiago, el elevador está haciendo un ruido horrible. Se quedó atorado y luego cayó unos centímetros. Tengo miedo.

La voz de él sonó perfecta, demasiado perfecta.

—No te muevas, prima. Voy con Arturo, el ingeniero. Nosotros lo revisamos.

Veinte minutos después, los faros de una camioneta iluminaron los ventanales. Santiago entró con Arturo, un hombre enorme con chamarra de trabajo y una mochila de herramientas.

—¿Dónde está el contratista? —preguntó Santiago.

—Lo mandé a su casa. Su niña me estaba dando dolor de cabeza —mintió Valeria.

Santiago se relajó.

—Bien. Que los profesionales trabajen.

Arturo entró al elevador. Santiago, nervioso, entró detrás para mirar el panel. Desde el estudio oscuro, Mateo presionó una tecla.

Las puertas se cerraron de golpe. El sonido metálico estremeció la sala.

—¿Qué demonios pasa? —gritó Santiago.

Valeria avanzó hasta el intercomunicador.

—¿Hay algún problema, primo?

—Valeria, abre esta puerta.

—No puedo. Mi contratista documentó los frenos desconectados, los resortes limados y los pisos inclinados hacia la mesa de vidrio.

Silencio. Luego la voz de Santiago salió rota.

—Estás loca. Siempre has estado paranoica.

—Soy muchas cosas, Santiago. Soy fría, soy terca, estoy en silla de ruedas… pero no estoy loca. Y esta conversación está siendo grabada.

Mateo apareció junto a ella.

—También tengo los números de serie de los materiales baratos que compró Arturo mediante una empresa fantasma financiada por cuentas tuyas.

Dentro del elevador, Arturo perdió la paciencia.

—¡Me dijiste que ella no sospechaba nada!

—¡Cállate! —rugió Santiago.

Pero ya era tarde. Afuera, las luces rojas y azules cruzaron la lluvia. La policía federal y el equipo legal de Grupo Montemayor entraron por el portón.

Cuando las esposas cerraron sobre las muñecas de Santiago, él todavía sonreía con veneno.

—Crees que ganaste, Valeria. Mañana el consejo dirá que estás incapacitada. Ya activé la votación. Te van a quitar la empresa de tu padre antes del desayuno.

Las puertas se cerraron tras él. Y por primera vez aquella noche, Valeria tuvo miedo de verdad.