Parte 3
Mateo estaba guardando sus herramientas cuando la escuchó susurrar:
—Todavía no terminó.
Ella revisaba su tableta con el rostro pálido. Santiago había dejado una última trampa: si era arrestado o removido, se activaba una votación de emergencia para declarar a Valeria incapaz de dirigir la empresa.
La junta sería a las ocho de la mañana en la torre corporativa de Reforma.
—Mi camioneta adaptada está en el taller —dijo ella con rabia contenida—. Santiago la mandó revisar ayer. No llegaré.
Mateo miró su vieja pickup llena de polvo. Luego miró a Valeria.
—Licenciada, ¿qué tan incómoda se siente viajando en una camioneta golpeada?
Al amanecer, la ciudad olía a lluvia y gasolina. Mateo adaptó una rampa provisional con tablones reforzados, aseguramientos de acero y paciencia de artesano.
Doña Berta preparó café. Camila, medio dormida, le dio a Valeria un dibujo: una mujer en una silla brillante entrando a un castillo.
—Para que no tenga miedo —dijo la niña.
Valeria tragó saliva.
—Gracias, Camila.
La pickup avanzó por Paseo de la Reforma entre cláxones y charcos. Mateo manejaba concentrado. Valeria iba a su lado, impecable, con traje gris y mirada de guerra.
—¿Por qué me ayuda? —preguntó ella de pronto.
—Porque mi esposa murió rodeada de gente que hablaba bonito y hacía poco. Desde entonces, cuando veo a alguien en peligro, prefiero hacer algo.
Valeria no respondió. Solo miró por la ventana, apretando el dibujo de Camila entre las manos.
A las 7:58, las puertas del consejo se abrieron. Doce ejecutivos estaban reunidos alrededor de una mesa enorme. En la cabecera, la silla de Valeria seguía vacía.
Richard Cárdenas, aliado de Santiago, hablaba con falsa tristeza.
—Debemos proteger a los accionistas. La señora Montemayor ha sufrido demasiado. Su condición médica la hace vulnerable. Propongo retirar temporalmente sus facultades.
—No cuentes mis acciones todavía, Richard.
Todos voltearon.
Valeria entró en su silla, recta como una reina. Detrás de ella venía Mateo, con botas limpias, chamarra de lona y la mirada dura de quien sabe detectar termitas en una viga cara.
—Mi transporte falló —dijo Valeria—. Encontré otro.
Colocó una carpeta sobre la mesa.
—Aquí están el reporte policial, las grabaciones, las pruebas técnicas y las transferencias que conectan a Santiago con el sabotaje en mi casa. También hay documentos que vinculan a dos miembros de este consejo con la empresa fantasma que compró los materiales.
Richard se puso blanco.
—Esto es una acusación gravísima.
—No. Es una advertencia. Quien vote para retirarme será investigado como cómplice de intento de homicidio. Ahora votaremos otra cosa: la expulsión inmediata de Richard y sus aliados, y la reestructuración de la fusión bajo mi autoridad.
Nadie respiró.
Valeria apoyó las manos en los descansabrazos.
—Perdón por venir en silla de ruedas. Mi mente, por desgracia para ustedes, funciona perfectamente.
Las manos se levantaron una tras otra.
Al mediodía, el golpe interno había terminado. Santiago estaba preso, Richard fuera del consejo y Grupo Montemayor seguía en manos de Valeria.
Esa tarde, la lluvia cesó. En la mansión, Mateo terminó de nivelar el último tramo del comedor. Valeria cruzó el piso en su silla sin desviarse un centímetro.
Camila aplaudió.
—¡La nave ya vuela derecho!
Mateo sonrió.
—Trabajo terminado, licenciada.
Valeria lo miró largamente. Aquel hombre había visto su silla sin lástima, su casa sin miedo y su soledad sin aprovecharse.
—El contrato de esta casa terminó, señor Salgado. Pero Grupo Montemayor tiene cientos de edificios mal diseñados. Necesito un director de arquitectura accesible. Alguien que no tema arrancar pisos caros cuando estén mal hechos.
Mateo parpadeó.
—Tendría que aceptar guardería incluida.
Valeria miró a Camila, que dibujaba otra nave espacial. Por primera vez en cinco años, su sonrisa fue completa.
—Guardería incluida. Café ilimitado. Y un sueldo exagerado.
Mateo extendió la mano. Valeria la tomó.
La casa de cristal ya no parecía una fortaleza. Con el sonido de Camila riendo en el pasillo y el piso firme bajo sus ruedas, Valeria entendió que sobrevivir no era lo mismo que vivir.
Y esa tarde, por fin, empezó a construir un hogar.