Llanto que no se detenía

—“¿Más fuerte?”

Daniel asintió lentamente.

—“Dijo que lo abrazó contra su pecho… muy fuerte… porque pensaba que así dejaría de llorar.”

La habitación quedó en silencio.

Mi estómago se retorció dolorosamente.

Un bebé de dos meses no necesitaba mucha presión para que aparecieran moretones. Su piel era frágil… sus huesos delicados.

Si lo había sostenido demasiado fuerte…

Eso podría explicar las marcas de los dedos.

Pero algo aún no me convencía del todo.

La visita al doctor

A la mañana siguiente, volvimos a la clínica pediátrica.

Noah dormía tranquilamente en los brazos de Megan mientras esperábamos. La calma del bebé parecía casi irreal comparada con la tormenta de pensamientos que atravesaba nuestras mentes.

Cuando la doctora entró en la sala, nos saludó con calidez.

—“¿Cómo está Noah hoy?”

—“Está mejor,” dijo Megan. “Pero… notamos otro moretón.”

La doctora se puso seria de inmediato.

Examinó suavemente de nuevo el estómago y la pierna de Noah.

Luego suspiró.

—“Estos moretones son muy inusuales para un bebé de su edad,” dijo con cuidado.

Daniel se acomodó incómodamente.

—“Podríamos saber cómo ocurrieron,” dijo.

Y le contó todo sobre la niñera.

La doctora escuchó en silencio, asintiendo lentamente.

—“Esa explicación es posible,” dijo. “Pero me gustaría hacer una prueba más.”

Mi corazón se detuvo un momento.

—“¿Qué tipo de prueba?” preguntó Megan.

—“Un análisis de sangre simple.”