PARTE 2

PARTE 2 ********
La policía acordonó el cementerio en menos de veinte minutos.
Lo que parecía una tragedia se convirtió en una pesadilla mucho más grande: una operación montada con precisión. El certificado de defunción era falso. El médico que lo firmó había recibido dinero. Las personas encargadas del traslado del cuerpo habían desaparecido. Todo había sido diseñado para que nadie mirara dos veces.
No fue una muerte.
Fue un secuestro.
Y no cualquiera.
Arturo sabía de inmediato de dónde venía el golpe. Dos meses atrás había encabezado un operativo contra una red ligada a un cártel que movía armas y personas entre Nuevo León y Tamaulipas. Habían caído hombres importantes, dinero, rutas, bodegas. Pero alguien se quedó libre.
Y ese alguien había decidido cobrar la factura de la forma más cruel posible.
Mariana pasó de la devastación al temblor de una esperanza dolorosa.
—Si no está en el ataúd… entonces está vivo —decía, como si repetirlo pudiera protegerlo—. Arturo, nuestro hijo está vivo.
Arturo quería creerlo, pero también sabía lo que significaban esas venganzas. Cada minuto contaba. Cada error podía costar una vida.
Rayo, en cambio, no dudaba.
Cuando la caja fue retirada y los peritos empezaron a trabajar, el perro olfateó el muñeco, luego el interior del ataúd, luego el suelo. Sus músculos viejos parecían haber recordado de pronto quién era.
Uno de los agentes más jóvenes lo miró con incredulidad.
—¿Todavía puede trabajar?
Arturo se arrodilló junto a él y le tomó el rostro entre las manos.
—Es viejo —dijo—. Pero sigue siendo el mejor.
Rayo olfateó una manta hallada dentro del carro fúnebre, una manta con el verdadero olor de Tomás. Luego levantó el hocico y caminó sin vacilar hacia el estacionamiento del cementerio. De ahí a una calle lateral. Luego a una camioneta abandonada. Y dentro de esa camioneta, en el piso, encontraron lo primero que les devolvió el aire a los pulmones:
Un pequeño calcetín rojo.
De Tomás.
La búsqueda se volvió una carrera.
Cámaras. Rutas. Peajes. Testigos. Llamadas intervenidas. Arturo activó viejos contactos, pero esta vez no lo hacía como comandante. Lo hacía como padre. Y eso lo volvía más peligroso que nunca.
Mariana se negó a quedarse en casa.
—Si él está respirando, yo también tengo que luchar —dijo.
Horas más tarde, una pista condujo la investigación a las afueras de la ciudad, hacia una zona de bodegas viejas y construcciones abandonadas cerca de una carretera secundaria. Uno de los vehículos vinculados al traslado falso había sido visto entrando allí de madrugada.
La noche cayó sobre el operativo.
Las luces se apagaron. Los hombres se colocaron chalecos. Armas largas. Visores. Radio en mano.
Pero antes de que alguien diera la orden, Rayo se tensó.
Miró hacia una barda rota al fondo del terreno.
Y avanzó.
Sin ladrar.